domingo, 7 de junio de 2009

Fantasías de ayer y de hoy

Supongamos tres cerdos. Uno se dedica a la agricultura extensiva, otro a la industria maderera, y el último al sector de la construcción. Pongamos que cuando dicen “el lobo” quieren decir “la crisis económica”. Pero, claro, así no tiene la más puñetera gracia.
(…)
Y entonces va Ahab, el hijo de puta, y se carga al último ejemplar de ballena albina.
(…)
A la mañana siguiente el hada, abrochándose la falda, le dijo a Pinocho que igual una mentirijilla de vez en cuando tampoco era tan importante.
(…)
La historia va de un niño criado por lobos, educado por una pantera, corrompido por un oso gandul y pendenciero, que, entre otras cosas, gusta de provocar masacres entre los monos, y cuyo mayor anhelo es matar a un tigre. No sé tú, pero yo intuyo que la parte buena del cuento viene cuando semejante criaturita se marcha a vivir a la aldea…

Una de miedos

¿Quién anda ahi?

Al llegar al hogar, la comida y el agua del perro están desparramadas por toda la cocina, pero no se ve a “Golfo” por ningún lado. Un reguero de huellas sube por las escaleras hacia el piso de arriba. Lo sigues, las huellas entran hasta tu dormitorio y desaparecen bajo la cama. Le llamas para que salga de ahí, pero no obedece. Escuchas su respiración agitada. Mientras te agachas para sacarle, oyes a “Golfo” ladrando en la parte trasera del jardín.


Buenas noches a ti también

De noche, mientras arropas a tu hijo, este te pregunta que de qué murió la abuelita. Tú le dices que la abuela Marta se murió de viejecita hace ya muchos años, pero tu hijo te dice que esa abuelita no, tonto: la que todas la noches le saluda desde la ventana.


Eso, por preguntar

-Y por último, Señor Quesada, tenemos este ataúd de pino con interior removible de cartón corrugado, para ser cremado junto con el cuerpo. El precio de este ataúd es de dos mil doscientos euros mas el I.V.A.
-Gracias, con esto ya me hago una idea.
Solo un rato después de salir, justo en la intersección del carril de incorporación a la autopista, se da cuenta de que en ningún momento le ha dado su nombre al tipo de la tienda. Quizá es por eso que no ve venir al matrimonio del Opel rojo.

lunes, 1 de junio de 2009

El coloso

Cuentan que un día el Supremo Soberano del Gran Estado Unificado hizo llevar ante su presencia al más conocido escultor de la Corte -cuyo nombre, por desgracia, hace mucho tiempo que cayó relegado al olvido -y le encargó que erigiese el monumento más impresionante que hubieran visto los siglos, como símbolo de su grandeza y de su infinita majestad. Le dijo que no debía reparar en gastos, que los años venideros de su Reinado quedarían a partir de ahora consagrados a la realización de tan magna obra. No quedaban ya fronteras que defender, reinos por invadir ni guerras por librar. La paz, impuesta con puño de hierro, y la justicia, aplicada con el rigor de un padre, asegurarían la estabilidad y la prosperidad del Estado durante muchos años; sin embargo, el pueblo no podía permanecer inactivo. Necesitarían un recordatorio de su vínculo con un destino más grande que el suyo, un símbolo que les ayudase a comprender y a aceptar su papel en el Plan Eterno. Un monumento que le representase a Él, al Gran Unificador, al Conquistador Terrible, al Pacificador Magnánimo. Cada año, un tercio de los varones jóvenes de cada uno de los Reinos trabajarían en la construcción del proyecto, y estarían a disposición del escultor cualesquiera canteras, bosques, montañas, llanuras o ríos que hubiera entre la tierra y el cielo. Cualquier requerimiento suyo sería concedido. El escultor aceptó el compromiso con humildad y con disimulado alborozo. Estaba ante la oportunidad de su vida, la ocasión soñada por cualquier creador de pasar a la posteridad con una obra que los hombres contemplarían con reverencia y asombro durante miles de años. Todos los medios humanos y materiales del Supremo Estado Unificado estarían a su servicio. Así que se despidió de su familia y emprendió viaje. Recorrió los Siete Reinos y cuentan que incluso se adentró en el Territorio de Las Sombras para encontrar el lugar en el que emplazar la descomunal obra que tenía en mente. Entonces encontró este lugar. Aquí, dice la leyenda, se alzaba un gigantesco peñasco de piedra prácticamente inaccesible, solitario y solemne en mitad del valle. Cerca de la cumbre se vislumbraba un monasterio habitado por unos monjes de los cuales se decía que se alimentaban solamente de musgo y agua de lluvia, pues no tenían contacto alguno con el resto del mundo. Eso no fue considerado un inconveniente por el Supremo Soberano cuando aprobó entusiasmado el proyecto del escultor. Los planos que este le presentó recreaban una imagen suya de tal majestuosidad, de tal colosal imponencia, que superaban con creces todo cuanto él mismo pudiera haber imaginado. Sería una estatua, la más gigantesca y más hermosa que nunca se hubiere esculpido. Transmitiría toda la majestad, todo el orgullo, toda la firmeza que fueran posibles representar por el ingenio humano. Parecería la obra de un dios, hecha para otro dios. El escultor pidió al Soberano que revisase los planos a conciencia, pues un proyecto de tal envergadura no podía dar comienzo sin estar totalmente seguro de lo que se quería hacer, pero el Soberano rugió que no hacía falta, que era perfecto; que, si era posible condensar la idea de la Gloria en una sola imagen, el escultor lo había conseguido con aquella. Estaba todo: los Siete Rubíes de la Obediencia, la Corona de la Unificación, el Manto de la Sabiduría, la Vara de la Justicia, la Espada del Castigo, y sobre todo, el porte indómito, la mirada de trascendencia, el rostro de serenidad y determinación. Había que comenzar de inmediato. Se movilizaron los inmensos contingentes de hombres y de materiales necesarios, se talaron bosques, se desalojaron aldeas y se acalló sin conmiseración a los disidentes. Sin embargo, los monjes, pese a los reiterados requerimientos de desalojo realizados por expedicionarios del Ejército, se negaron a abandonar su lugar de retiro. El asalto al Monasterio resultó una empresa de enorme dificultad, pues eran pocos los hombres con la destreza suficiente como para subir hasta él, y los monjes se defendían con inusitado encono, arrojando piedras y aguas fecales a los grupos de exploradores, que, por su delicada situación, suspendidos en el vacío, no podían defenderse. Muchos soldados murieron, y el Soberano comenzaba a impacientarse. Se construyeron entonces tres enormes torres para asediar el bastión desde lo alto, simultáneamente. No llegaban hasta la altura del Monasterio, pero sí a una altura suficiente como para alcanzarlo con proyectiles. La víspera del ataque, el Soberano, que había viajado a propósito para verlo, ordenó que se retrasase hasta la caída de la noche, pues quería ver bien el resplandor de los monjes en la oscuridad cuando saltasen al vacío envueltos en llamas. Al ponerse el sol, las catapultas de las torres comenzaron a disparar barriles de aceite hirviendo y el Monasterio empezó a arder casi de inmediato. Sin embargo, para decepción del Soberano, ningún monje saltó al vacío. Todos supusieron que los monjes habían preferido morir quemados voluntariamente en el interior del templo, así que empezaron a desmantelarse las torres y por la mañana comenzaron los preparativos para tallar la estatua. Llegaron los mejores escultores, canteros, tallistas, carpinteros y albañiles de todos los confines del mundo conocido, y millares de hombres comenzaron a trabajar al son de los tambores y bajo el chasquido del látigo. Sin embargo, seguían cayendo, de tanto en tanto, enormes piedras desde la cumbre, que, si bien no conseguían paralizar del todo las obras, sí que retrasaban enormemente su ejecución y creaban un clima de temor y de superstición en los trabajadores. Se reconstruyeron de nuevo las torres, y, desde ellas, fue posible avistar un reducido grupo de monjes que, de algún modo, persistía en la cima del peñasco, a la intemperie. Se dio orden de abatir a todos los pájaros de las cercanías, ante la sospecha de que los monjes se estuviesen alimentando de su carne y de sus huevos, y se inició un nuevo asedio. Se arrojaron cadáveres corrompidos, nidos de avispas y cestos de serpientes venenosas, durante días, hasta que, al fin, dejó de percibirse actividad alguna allá en lo alto. Entonces se reiniciaron las obras. Se dijo que los monjes habían sido pasto de los buitres, pero también circularon rumores de todo tipo, tales como que se habían comido entre ellos hasta que el último se devoró a sí mismo, o que habían salido volando entrelazando sus túnicas, o que fueron rescatados por un espíritu llegado del cielo, pues, días más tarde, cuando por fin se consiguió acceder a la cumbre, de los cuerpos de los monjes no quedaba el menor rastro.

Sin embargo, ese incidente fue olvidado rápidamente. Durante veinte años, trabajando día y noche, un enjambre de esclavos fue tallando las paredes de roca, desde la cumbre hasta la base. Un día de finales de agosto, el Soberano quiso echar un último vistazo a la estatua, que ya estaba casi cincelada hasta los tobillos. El escultor ordenó descubrir la inacabable lona que la protegía de las miradas indignas. Incluso así, recubierta de andamios, cuerdas y anclajes, resultaba sobrecogedora. El soberano abrazó al escultor con los ojos anegados en lágrimas y le dijo, con voz entrecortada, que inundaría su casa de oro, que ni sus hijos, ni los hijos de sus hijos, ni los hijos de aquellos, volverían a desear nada jamás, pues todo lo tendrían aun antes de que pudieran imaginarlo. Ahora que su vigor comenzaba a dar muestras de agotamiento, ya no tenía miedo a la muerte, pues sabía que dejaría tras de él un monumento de tal grandeza y tal perfección que por él sería recordado para siempre. Las obras terminaron poco tiempo después, coincidiendo su fin, tal como estaba previsto, con el trigésimo aniversario de la subida del Soberano al trono, tras la violenta e irresoluta muerte de su hermano mayor. Fueron invitados al descubrimiento de la estatua todos los soberanos vasallos y sus séquitos, así como caudillos tribales, líderes religiosos, y toda aquella persona de relevancia social o política en el Gran Estado Unificado. Acudieron también gentes a millares desde poblaciones vecinas y lejanas: campesinos, músicos, prostitutas, vendedores, acróbatas, timadores, buscavidas del más variado pelaje… Todo estaba dispuesto para el gran evento. El Supremo Soberano, sus siete esposas, sus diecinueve hijos, su Consejo y el escultor, se acomodaron en una tribuna revestida de oro, elevada sobre la multitud. Y a sus pies, descendiendo según su importancia jerárquica, los Siete Vasallos, la nobleza, los hacendados, y, finalmente, la plebe. Exactamente al mediodía sonaron los tambores, las trompetas y los címbalos, anunciando la revelación de la maravilla. Lentamente, el velo infinito que cubría la estatua comenzó a desplazarse, recogido con cuerdas, y, a medida que los primeros detalles de la estatua quedaban al descubierto, un murmullo, y después un clamor de asombro, comenzaron a surgir del gentío. Era… no había palabras, no existían para describir tal perfección, tal belleza. Los más entusiastas aduladores del Soberano se arrancaban los cabellos y chillaban de felicidad, sus detractores tan sólo lloraban desconsolados. La muchedumbre, enloquecida, aclamaba al Soberano, y también al escultor. El viejo monarca lloraba como un niño, aturdido por el orgullo y por la veneración de su pueblo. Entonces uno de sus consejeros se acercó a él y le susurró algo al oído. Al principio el Soberano no entendió bien, y siguió saludando a la multitud con la mirada perdida, pero entonces se fijó en el punto que su consejero le señalaba con el dedo. No, aquello no podía ser cierto. ¡El pie! ¡El pie izquierdo de la estatua! ¡Solo tenía cuatro dedos! Cuatro dedos, cada uno mucho más grande que un ser humano, colosales, gigantescos, perfectos, pero solo cuatro. Miró al escultor, sin comprender, pero este mantenía la vista fija en la estatua y una enigmática sonrisa en la cara. El soberano le preguntó, mientras hacía una seña casi imperceptible al jefe de su Guardia Personal, si, antes de que cualquier persona remotamente vinculada a él fuera desollada y quemada viva, le importaría explicarle qué demonios significaba aquello. El escultor, que a esas alturas ya suponía a su familia y amigos a bordo de un barco en dirección a las Islas Septentrionales, le miró con gesto de camaradería y le contestó: “Supongo, majestad, que nadie es perfecto”. Después se encogió de hombros y siguió contemplando el monolito con actitud satisfecha.

El Soberano, más tarde, trató de rescatar lo que pudiera salvarse de la estatua. Contra la opinión de los sabios, decidió intentar destruir únicamente el malhadado pie, sosteniendo mediante pesadas máquinas el resto del monumento, e insertando en su lugar otro pie esculpido por algún artista con menos afán de notoriedad. Fue un absoluto desastre. La estatua no resistió sobre un solo pie, y se vino abajo una noche, arrebatando las vidas de centenares de obreros. Poco tiempo después, el pueblo, cansado de los desmanes del Soberano, le derrocó sangrientamente, instaurando en su lugar al Gran Líder Libertador, de infausto recuerdo. En cuanto al escultor, a quien imaginamos la más dolorosa de las agonías, cualquier vestigio de su vida o de su nombre fue borrado para siempre.

viernes, 29 de mayo de 2009

Supersucker (Jimmi Olsen´s Blues)

El cuento es el siguiente: El progresivo acercamiento de un gran sol tiene al planeta Krypton al borde del colapso. Su avanzadísima civilización, poseedora de la tecnología suficiente como para atravesar galaxias, se ha visto, sin embargo, sorprendida por tal evento. Sus gobernantes, Jor-El y su esposa Lara, en un gesto conmovedor, insertan a su único hijo y heredero en una cápsula y lo lanzan a través del Espacio exterior en dirección a un insignificante mundo llamado La Tierra, donde podrá gobernar a su antojo y servirse de sus rudimentarios habitantes a capricho. El muchacho aterriza en un maizal en los alrededores de Smallville -un pequeño y deprimente baluarte de la ultraderecha cristiana más reaccionaria -, en medio de la América profunda, y es adoptado por un anciano matrimonio de red necks que le instruirán según la ética calvinista del trabajo duro, con escaso éxito. Merced al testimonio de reputados psicólogos a los que he tenido acceso pero que prefieren, por motivos de seguridad, mantenerse en el anonimato, estoy en condiciones de afirmar, casi con total certeza, que el joven Clark fue víctima de abusos sexuales por parte de su supuesto tío Jonathan, y que entre otras prácticas aberrantes, le obligaba a vestirse de mujer, posiblemente con la connivencia de la tía Martha. Todo encaja: el acoso silencioso sufrido en la escuela a manos de otros alumnos, el fracaso académico, la afición por las medias y atuendos estrafalarios como método para conseguir la aprobación de los demás, y, posteriormente, la necesidad constante de autoafirmación bajo esa identidad ficticia. Pero me estoy adelantando, aún estamos en la etapa de la escuela. El muy imbécil descubre que tiene superpoderes, y en vez de utilizarlos como haría cualquier adolescente sensato, para espiar bajo la ropa interior de las chicas o para descuartizar a sus hostigadores, los oculta con humildad y se esfuerza por no llamar la atención. Luego, una vez graduado -sería de esperar que cum laude, ¿verdad? Pues no: raspadito, raspadito, un tipo que puede leerse las obras completas de Tolstoi en lo que yo tardo en decir “Big Mac” -, emigra a la gran ciudad y, pudiendo hacer cualquier cosa que se proponga, consigue un puesto mal pagado de reportero becario en un periódico sensacionalista. Y además, redactando con faltas de ortografía y con una pésima sintaxis, todo hay que decirlo. Un buen día, decide ataviarse con un traje azul ceñido, un marcapaquete rojo y una capa a juego, y dedicarse a salir por ahí a desfacer entuertos, pero, eso sí, de uno en uno, sin prisas. Ah, y lo mejor de todo: se hace llamar “Supermán”. Tócate los cojones. “Supermán”. ¿Por qué no “Superguay”? ¿O “Megachachi”? ¿O, ya puestos, por qué no “Super Cipote”? Pues eso, un día se le cruzan los cables y se pone a liarla. Que si detengo un terremoto aquí, que si enfrío un volcán allá, que si evito una debacle nuclear, que si detengo tal guerra, o tal o cual ataque terrorista… Y sí, vale, todo eso está muy bien, pero no sé si conocéis la teoría esa tan famosa del “Efecto Mariposa”. ¿Nadie se paró a pensar que el tsunami de las Islas Fidji, tan sólo un día después del terremoto de San francisco, podría tener algo que ver con los chanchullos que hizo el payaso ese debajo de la corteza terrestre? ¿O que el famoso huracán que iba a asolar el Medio Oeste, al ser neutralizado por ese pedazo de bestia, pudo estar relacionado con las lluvias torrenciales que provocaron una crisis humanitaria en toda la cuenca amazónica? ¿O que al inutilizar a toda la flota militar norcoreana dio pie a los abusivos bloqueos comerciales que sumieron al país en una hambruna sin precedentes? No, claro, la gente adora a ese subnormal, y además esas no son del tipo de noticias que vende periódicos. Es mucho más rentable publicar una foto en primera página de Supermán salvando un avión comercial que una de la guerra civil en Sudán, de la represión en China o de la contaminación del mar Caspio. Claro, esas ya son cosas un pelín más complicadas, requieren ensuciarse las manos y utilizar la cabeza. Demasiado pedir para ese botarate. ¡Que ese tío es un inconsciente, te lo digo yo, que no tiene ni pajolera idea de lo que hace! ¡Pero si hace unos días estuvo a punto de envenenar a toda la oficina porque se confundió y cargó el toner de la impresora en la máquina de café! Además, no sé, ya puestos a pasarnos por el forro la legalidad internacional y las leyes propias de cada país, yo me encerraría con los líderes mundiales más importantes en una habitación y les diría: “Estimados señores, en breves instantes voy a comenzar a repartir hostias como si fueran caramelos hasta que salgan de esta sala con un acuerdo duradero de paz mundial. Sí, y voy a empezar por ti, franchute de los cojones. Por cierto, al que se le ocurra guardarse un solo misil, le meto la lengua por el culo y se la vuelvo a sacar. Puedo hacerlo, ¿quieren verlo?” Pero no, Supercapullo no. Prefiere ir resolviendo los problemillas de uno en uno, buscando la fotito, acaparando portadas. Y si se moja en el aspecto político, lo hace siempre por los mismos, claro. “Oh, no, cómo iba yo a ponerme en contra de mi país? ¿Qué diría tía Martha?” Soplapollas…


Mientras tanto, un caballero llamado Lex Luthor, arquetipo del self-made man americano, y un hombre infinitamente más inteligente, íntegro y talentoso que nuestro protagonista, amén de desprendido filántropo, pródigo benefactor y empresario exitoso a la par que honesto, se da cuenta de que un tío capaz de devolvernos a la edad de Piedra en un momento de calentón –no es broma, sería capaz; una vez el pedazo de animal invirtió la rotación de la Tierra e hizo nosequé cosa con el espacio-tiempo, sólo para salvar a su chica. Aunque, claro, yo también hubiera hecho lo mismo por esa chica-… Perdón, decía que un tío capaz de detener el tiempo y de hacer explotar la Tierra desde dentro tiene que estar bajo algún tipo de supervisión, y Lex Luthor era consciente de ello. Sé, por fuentes de total confianza, que Luthor trató de concertar varias veces una entrevista con Superman, siempre en vano. Luthor quería convencerle de la necesidad de dar un estatus jurídico a su actividad como superhéroe; de hacerle partícipe, y a la vez compromisario, de las decisiones políticas internacionales más importantes. También de la necesidad de ajustarse a un código ético, a un reglamento, y a la supervisión de algún organismo superior, como la ONU, en calidad de agente del orden planetario. Sin embargo, Supermán pasaba de todo, iba a su aire. Como tuviese el día torcido, ya la habíamos cagado. Le daba por ponerse a beber –y, sí, muchos superpoderes y todo eso, pero ese tío no aguanta dos copas sin empezar a decir gilipolleces -, a buscar bronca y a dar por el culo. Sin mala intención, en realidad, cosas como rectificar la torre de Pisa, desviar el curso del Río Nilo para cubrir el desierto de marihuana –eso fue ingenioso, hay que reconocérselo -, o trasladar el Taj Mahal a Central Park. Eso fue un regalo a Lois. No entiendo qué ve ella en ese fantoche, por cierto. A ella no le van los musculitos ni las poses, ella es una mujer moderna, independiente, una reportera de raza. Una de esas mujeres que requieren a su lado a un tipo que esté a su misma altura intelectual, a un hombre respetable de pies a cabeza. Un hombre como yo, por ejemplo. Lo siento, creo que me estoy desviando del tema. El caso es que Luthor, en vista de la imposibilidad de mantener un encuentro privado con Supermán, tomó, no sin antes haber calibrado hasta la extenuación las implicaciones morales y las posibles consecuencias prácticas de aquel acto, la decisión de atraerle hacia sí. Fingió -hipotecando para ello una considerable parte de su fortuna personal - estar tramando un atentado de dimensiones catastróficas, con el objeto de acaparar su atención. Lo que sucedió después difiere mucho de la versión que recibieron ustedes a través de los medios de comunicación. No, no es que Luthor intentara matar a Supermán y este le detuviese, eso nunca ocurrió. Por dios, Luthor no podría matar ni siquiera a un colibrí. Si el tío llora viendo “Siete novias para siete hermanos”, si contesta personalmente las cartas de los pobrecitos huérfanos acogidos por su fundación… Qué va, hombre. Lo que sí es cierto es que hubo una discusión subidita de tono por ambas partes. Luthor le dijo al Sr. Panties unas cuantas verdades a la cara, y muy bien dichas, además, y entonces va el chuloputas, se mosquea, y la emprende con el mobiliario de la mansión, le funde a Luthor el acuario gigante con su mirada láser -se comió un pez churruscadito y todo, el muy macarra – y le corroe la alfombra persa del siglo XII con una súper meada. Claro, todo eso mosqueó bastante a Luthor, y entonces dijo que se veía obligado a hacer uso de algo que hubiera preferido evitar, pero que, Superman, con su comportamiento violento, caprichoso e irresponsable, no le dejaba otra opción que utilizarlo. Entonces ocurrió el famoso rollo de la kryptonita. Luthor no sabía que podía ser letal para Supermán. De verdad, él no lo sabía. Según la información remitida por sus científicos sería como darle una especie de porro gigante, se quedaría dócil y maleable, sin ganas de tener bulla con nadie. Pero va Supermán, se pone blanco como el culo de un monje y cae desmayado a la piscina. Luthor se tira el primero, le saca con gran esfuerzo y le intenta reanimar, ¿y sabes lo que va y hace muy maricón? Pues le empieza a arrear a Luthor una somanta de palos que te cagas. A él, a sus empleados, al perro y a todo lo que pilla por el camino. Después, se lleva volando a Luthor, le hace atravesar el intestino de un rorcual común -Luthor todavía es incapaz de hablar de ello, y apuesto a que la ballena también – y, no contento con ello, le entrega a la Justicia diciendo que ha intentado volar la mitad de la Costa Oeste. ¡Pero si su abuela Daisy vive en Santa Bárbara, por favor! El caso es que Luthor está ahora mismo cumpliendo la perpetua en una cárcel de máxima seguridad en Minnesota, condenado sin pruebas, y mientras Supermán sigue por ahí, fardando de bíceps y haciendo lo que le viene en gana.


He propuesto a Luthor revelar al mundo la identidad secreta de Supermán. Un día vi a Lois entrando a la sala de archivos con Clark y saliendo, cinco segundos después, sola, con la ropa descompuesta, el pelo revuelto y una misteriosa sonrisa de satisfacción en la cara. Eso me hizo sospechar: nadie es tan rápido, ni siquiera yo. Después fue sencillo, sólo tuve que instalar una cámara oculta en el aseo de caballeros de la sección Internacional del Daily Planet, y comprobar lo acertado de mis sospechas. Probablemente, revelar su identidad secreta tampoco serviría de mucho, sería por joder un poco al grandullón, nada más, pero Luther se niega. Dice que le parece poco ético, que va contra sus principios, que le parece una inadmisible intromisión en la privacidad del Sr. Kent. Definitivamente, no sé si este hombre es un santo o un imbécil profundo. Podría hacerlo yo sólo, sin la colaboración de Luthor y de su corporación, pero, sinceramente, no tengo pelotas. Me coge Súper y me utiliza como abrebotellas. Sin embargo, tengo un plan. Es algo rudimentario, sí, y quizá no es, siendo estrictos, demasiado honorable, pero este es uno de esos casos en los que el fin justifica los medios. Me costó bastante convencer a Luthor, pero le aseguré que no haría nada irreparable, que tan sólo la utilizaría en caso de extrema necesidad y siempre con mesura, de poquito en poco, lo suficiente para atontar al musculitos y hacerle entrar en razón, y el muy pardillo me creyó. Lo siento por Lois, de veras, pero también lo hago pensando en ella. Se merece algo mejor que a ese cantamañanas, se merece a un hombre de verdad, culto, sensible, apasionado, y no a ese alienígena paleto, fanfarrón, travestido y engominado. Ya he llamado para dar el aviso de bomba, en pocos minutos el edificio del Planet estará vacío, y Supermán no tardará en llegar. Aquí estaré, preparado. Sé que no fallaré, que en el momento de la verdad no me echaré para atrás, porque tengo los motivos, tengo los cojones y, sobre todo, tengo un bolsillo lleno de kryptonita para metértela por el culo, Supermamón.

martes, 19 de mayo de 2009

Sobre el oficio de las letras

"La vida de un escritor es un verdadero infierno comparada con la de un empleado. El escritor tiene que obligarse a trabajar. Ha de establecer sus propios horarios y si no acude a sentarse a su mesa de trabajo no hay nadie que le amoneste. Si es autor de obras de ficción, vive en un mundo de temores. Cada nuevo día exige ideas nuevas, y jamás puede estar seguro de que se le vayan a ocurrir. Dos horas de trabajo dejan al autor de ficción absolutamente exhausto. Durante esas dos horas ha estado a leguas de distancia, ha sido otra persona, en un lugar distinto, con gente totalmente distinta, y el esfuerzo de volver al entorno habitual es muy grande. Es casi una conmoción. El escritor sale de su cuarto de trabajo como aturdido. Le apetece un trago. Lo necesita. Es un hecho que casi todos los autores de ficción beben más whisky del que les conviene para su salud. Lo hacen para darse fe, esperanza y ánimo. Es un insensato el que se empeña en ser escritor. Su única compensación es la libertad absoluta. No tiene quien le mande, salvo su propio espíritu, y eso, estoy seguro, es lo que le tienta".

Roald Dahl

(Gracias, Cande)

lunes, 18 de mayo de 2009

Muerte puta

Anatomía de un crimen

(Otra idea para la misma imagen)

Dios mío, qué desastre. ¿Tú qué dirías que ha pasado aquí? preguntó O´Reilly. Ven, agáchate, dijo Charles. ¿Ves la coloración azulada en el contorno de las uñas? Eso, junto con el estado moderado de rigor mortis y la temperatura corporal, determinará que los sujetos llevan entre seis y ocho horas muertos. La causa de la muerte parece deberse, en el caso de él, a una pérdida masiva de sangre, provocada, casi con toda seguridad, por la herida del cuello. Mira, acércate. Observa los bordes irregulares, el desgarro y la separación de los tejidos. Esto es lo que se llama una herida avulsiva. Yo diría que fue hecha con algún instrumento en forma de gancho, quizá con un gancho de carnicero o algo así, pero para saber eso habrá que hacer un análisis más a fondo de la herida. El resto de las lesiones que se aprecian a simple vista no parecen haber sido mortales de necesidad. También presenta contusiones de diverso grado en el rostro, pero es difícil saber si se produjeron antes o después de la muerte, y en todo caso debieron realizarse por ensañamiento, pues si hubieran querido dificultar la identificación del cadáver, probablemente le hubieran amputado también los dedos para borrar sus huellas. De todos modos, determinar eso es tarea del juez. En cuanto a ella, podría haber muerto por un traumatismo craneoencefálico severo, pues ninguna de las otras heridas que se aprecian en un primer vistazo parece haber sido causa suficiente por sí misma. Las abrasiones en las muñecas nos revelan que debieron haberla atado, y presenta claros indicios de haber sufrido una agresión sexual. De nuevo, es difícil determinar si eso ocurrió antes o después de su muerte sin examinar el cadáver en profundidad. ¿Eso de ahí es mierda?, preguntó O´Reilly, señalando la mancha marrón junto a la puerta. Eso parece, respondió Charles. Podría ser de él, de ella, o de ambos. O de una tercera persona, claro. Y apostaría lo que sea a que esos dibujos en la pared no han sido hechos con pintura roja. Joder, exclamó O´Reilly, cómo nos pasamos anoche, ¿no? Quizá deberíamos limpiar un poco todo esto. Bah, respondió Charles, no te preocupes. Nadie en su sano juicio sospecharía del forense.