martes, 19 de enero de 2010

La voluntad de Telma



-Mira, ahí viene tu chica -dice Sandra con regocijo.
-Que te den –responde Jose, ahogando un bostezo.
Son las nueve menos cinco de la mañana de un lunes a mitad de julio. Telma, como de costumbre, ya está en la puerta de la autoescuela esperando a que abran, mientras Jose, desde el interior, observa su figura encorvada a través del cristal. Esos cinco minutos antes de comenzar la semana laboral son sagrados para Jose, o al menos lo eran hasta que le asignaron a Telma como alumna. El cigarrito que acostumbra a echarse en la puerta de la autoescuela antes de empezar a trabajar significa para él mucho más que otro de tantos chutes regulares de nicotina. Para él, ese primer cigarro de la semana es como la última voluntad de un hombre ante el pelotón de fusilamiento, como la inyección de EPO que le va a ayudar a subir el Tourmalet hasta la llegada del próximo fin de semana. Podría considerarse casi un derecho desde el punto de vista humanitario. De un modo vagamente supersticioso, intuye que si consigue fumarse ese cigarro tranquilamente, si consigue saborearlo en paz, el resto de la semana será tolerable; podrá con lo que le echen. Pero si no, será el preludio de otra semana de mierda.


Dentro no se puede fumar, así que, por un momento, sopesa la idea de salir fuera y pedirle a Telma que le conceda un par de minutos de silencio y de introspección para fumar a solas. Quizá ella lo entienda y lo respete. Vuelve a observarla desde la ventana. Telma ha sacado de su bolso una de esas cajitas de maquillaje con espejo incorporado y se está agregando más colorete en los pómulos, ya de por sí encarnados como los de un obrero irlandés en día de paga. Pasa un señor a su lado y Telma le dice nosequé. No, definitivamente no es una buena idea. Telma no sabría permanecer en silencio ni aunque el futuro de la humanidad dependiera de ello. Si sale a fumarse el cigarrillo junto a Telma acabará en la cárcel, probablemente, y ella en quirófano para que le extraigan un mechero incrustado en el hipotálamo; así que se resigna como buenamente puede.


-¿Abrimos ya? –pregunta Sandra -Son casi las nueve.
-Que se espere –gruñe Jose mientras hojea el “Marca”.
-Está mirando su reloj.
-Me da igual; que se espere.
A las nueve y dos minutos Jose decide abrir la puerta; de todos modos ya esperan fuera un par de alumnos más.
-¡Buenos días, Jose! ¡Hola, guapísima! –saluda Telma mientras saca de su bolso un recipiente envuelto por una bolsa de plástico.
-Buenos días, señora Caicedo –contesta Sandra con una sonrisa maliciosa en su rostro. Jose no responde al saludo, pero Telma no parece darse cuenta.
-Mira, Jose, te he traído unas albóndigas en salsa que hice ayer. Ya, ya sé que me dijiste que no te trajese más cosas, pero estoy segura de que no has comido nada caliente en todo el fin de semana, seguro que solo latas y porquerías de esas. Que ahora que estás solo y no tienes nadie que te cocine, te vas a quedar en los huesos. Entre eso, y tanto fumar, bla, bla, bla…
Jose profiere un escueto “gracias” mientras Telma sigue parloteando, y coge la bolsa con el tupper.
-Si quieres yo te las guardo –dice Sandra con una sonrisa que muestra todos sus dientes, hasta los molares.
Si se pudiese deletrear la expresión hija de puta mediante una sola mirada, esa sería la que en ese momento Jose dirigió a la secretaria.
-Venga, señora Caicedo –dice -, acabemos de una vez con esto.
-Querrás decir empecemos.
-Eso.
-Y te tengo dicho que me llames Telma, que ya hay confianza. Por cierto –prosigue Telma mientras se dirigen al coche estacionado en el exterior -, qué pena lo del otro día. Estaba segura de que esta vez aprobaría. ¡Ay! Me llevé un disgusto cuando me suspendieron…
-Suele ocurrir cuando uno se come la barrera de acceso al parking del centro de exámenes –apunta Jose con brusquedad.
-Si el examinador me dice que siga de frente, yo sigo de frente.
-Ya. Venga, suba.


-Hoy estás de malas pulgas, ¿eh? Mi difunto marido, que en gloria esté, también era así. El día que se levantaba con el pie cambiado no había quien le dirigiese la palabra. Tenía mucho carácter, mi Andrés. Una vez…
-El cinturón, señora Caicedo.
-Ah, sí. Una vez mi Andrés, que en paz descanse, se enfadó tanto con el señor de la ventanilla de la Seguridad Social que acabó en comisaría. Yo pensé que le iba a dar un síncope allí mismo, porque…
-Punto muerto.
-… se puso rojo como un tomate, y empezó a pegar gritos y voces a todo el mundo. Yo intentaba calmarle y le decía: “Andrés, así no vas a conseguir nada. Andrés, tranquilízate…”
El coche pega un sonoro trompicón.
-Punto muerto, señora Caicedo.
-¡Ay! Sí, Jose, lo siento. Es que hoy me he levantado muy nerviosa, ¿sabes? Me ha llamado mi hija y, ¿sabes lo que me ha dicho?
-Ponga el intermitente e incorpórese despacio cuando no venga nadie.
-Pues me ha dicho que este fin de semana no puede venir a verme, que tiene que hacer cosas. “¿Y qué cosas tienes que hacer?”, le digo. Y me dice…
-Cuidado con el camión, señora Caicedo.
-Sí. Y me dice: “Mira, mamá, yo tengo mi vida. No puedo ir a verte siempre que te apetezca”. Y yo le digo: “Ya lo sé, Maite, ya sé que tienes tu vida. Yo también tengo la mía, ¿sabes?” Y…
-¡Cuidado con el camión! ¡Cuidado! ¡Joder!
-¡Tranquilo! Tranquilo, hijo mío, no te pongas así. Si le había visto venir; tan solo me he asomado un poco para que me viera él también a mí.
-Pero, ¿para qué demonios quería usted que él la viera?
-Para que viera que quería salir.
“Dios”, piensa Jose, “no puedo con esto; de verdad, no puedo”.
-Vamos a ver, señora Caicedo. Hace tiempo que nos conocemos, y espero que me permita hablarle con toda franqueza. Usted no va a aprobar el examen, ni ahora, ni mañana, ni pasado mañana. Es más: no debe aprobar ese examen. Si hay alguien que jamás debería manejar un artefacto mecánico a más de veinte kilómetros por hora, esa es usted. Podríamos estar ocho horas al día, siete días a la semana, y no conseguiría que entendiese la lógica por la que se rige nuestro Código de circulación, y mucho menos el funcionamiento de un automóvil. Por algún motivo que no alcanzo a comprender, la práctica de conducir un coche, y usted, resultan incompatibles.
Telma le miraba con una expresión extraña, y Jose empezó a sentir una molesta opresión en el estómago.
-Ademas –continuó en un tono ligeramente más amable -, ¿para qué necesita usted, a su edad, aprender a conducir? ¿A qué viene tanto empeño?
Telma permaneció unos instantes en silencio; parecía a punto de llorar. A Jose le invadió una sensación de estúpida culpabilidad.
-Mi hija vive en Valencia con mis nietos, ya lo sabes. Yo sé que me quieren mucho, pero casi nunca vienen a verme, y les hecho de menos. Ya estoy un poco mayor, y me siento muy sola a veces. Si supiera conducir podría ir a verles yo a ellos los fines de semana.
-Señora Caicedo…
-Telma, por favor.
-Telma: Valencia está a cuatro horas por autopista a buen ritmo. Cuatro de ida y cuatro de vuelta, por autopista. O sea, coches circulando a toda velocidad por un lado y por el otro. Usted es consciente de eso, ¿verdad?
-Sí, hijo, lo sé. Pero es que además hay otro motivo. Le prometí a mi pobre Andrés, que en paz descanse, que me sacaría el carné de conducir. Eso fue después de su apoplejía, cuando ya no podía valerse. Le dije que me sacaría el carnet, y así podríamos ir los dos al pueblo cuando quisiéramos. Poco después le dio el infarto. ¡Ay, mi pobre Andrés! Doce años hace ya que estoy sin él. ¡El pobre, con lo bueno que era y la paciencia que tenía!
Entonces se saca de nosedonde una foto tamaño carnet del susodicho Andrés, la besa con devoción y suspira. Jose solo acierta a ver a un señor muy delgado, calvo y con gafas negras de pasta.
“Joder, señora, no me haga esto”, piensa Jose.
-Es la única ilusión que me queda, y sé que él se sentiría muy orgulloso de mí.
“¡Bah, mierda, a tomar por culo!”, piensa Jose.
-Está bien, señora Caicedo, vamos a intentarlo otra vez.
La cara de Telma se ilumina como un escaparate en Navidad.
-Gracias, hijo. Eres un buen muchacho. Seguro que tu mujer se lo piensa y vuelve contigo, ya verás. Mira que llevarse a los niños con ella… Estas cosas, en mis tiempos, no pasaban. Mi Andrés y yo, por ejemplo, nunca discutíamos. El siempre decía que…
-Perdone, señora Caicedo –le interrumpió Jose -, pero prefiero no hablar de eso. ¿Le parece si arrancamos?
-Ay, claro, Jose. Es solo que me preocupo por ti. Para mí, ya eres casi como un hijo. ¿A dónde vamos?
-El intermitente, señora Caicedo. Así, muy bien. Pues conozco un parking cerca de aquí que suele estar semivacío. Ahí no hay posibilidad de que nos estampemos de frente con un camión de bomberos, o que arrollemos a ningún niño saliendo del colegio, ni nada de eso.
-Yo, lo que tú me digas.
-Pues venga. A ver, vamos saliendo despacito. Así, muy bien…
-¿A que este fin de semana tampoco has llamado a tu madre?


A las diez y veinte de la mañana, Telma entra por la puerta de la autoescuela completamente azorada.
- ¡Ay, Sandra, qué disgusto! ¡Ay!
-¿Qué ha pasado, señora Caicedo? –pregunta la secretaria -¿Y dónde está Jose? Le he llamado y no me coge el teléfono.
-¡Ay, hija mía, qué disgusto! ¡Ayayay!
-Tranquilícese, siéntese aquí, venga. Cuénteme. ¿Qué ha ocurrido?
-¡Ay, Jose! ¡El pobre, que se lo han llevado preso!
-¿Cómo dice?
-¡Sí, hija! ¡Que lo han detenido! Casi se lía a mamporros con un guardia y se lo han llevado.
-¿Quién, Jose? Pero, ¿y eso por qué? ¿Qué ha pasado?
-¡Ay! Pues nada, que íbamos por una calle en plena hora de entrada de los colegios, y me ha llamado mi hija, y yo me he puesto nerviosa, y me he metido en una entrada de garaje para coger el teléfono, y entonces Jose se ha enfadado y me ha dicho que qué hacía, y entonces yo he colgado el teléfono y he salido marcha atrás, pero con los nervios no me he dado cuenta y he salido en dirección contraria, y casi nos chocamos con un coche que venía de frente, pero yo he frenado y Jose se ha dado un coscorrón contra la cosa esa de dentro del coche, la de delante, el salpicadero, eso, y entonces se ha formado un atasco, porque he intentado dar la vuelta y llamar a mi hija para que no se preocupase, todo a la vez, y el coche se ha quedado cruzado en la calle, no sé cómo, y Jose se ha puesto a pegarse gritos con un señor, y yo pensé que iban a llegar a las manos, pero entonces ha llegado la policía, y uno de los guardias se ha puesto ha hablarle en muy mal tono a Jose –porque, todo hay que decirlo, el tono no era el correcto, no señor -, y le ha pedido la documentación, y Jose se ha puesto hecho una furia, y le ha llamado de todo al guardia, entonces el guardia ha sacado las esposas y se han cogido del cuello, yo pensé que se mataban, y a llegado el otro guardia y han tirado a Jose al suelo, y Jose no paraba de gritar, como si estuviera endemoniado. No sé qué le pasó. Con lo bueno y lo paciente que es, el pobre. Por cierto, bonita, ¿por qué no te llevas las albóndigas a tu casa? Sería una pena que se al final estropeasen.

sábado, 9 de enero de 2010

Kadogo



No me importa lo que digan: cuando matas a tantos, ya no hay perdón. Soy un kadogo, un niño-soldado, y siempre lo seré. Esta es mi historia:



Vivía con mi padre, mi hermana, y la nueva mujer de mi padre, en Bunyakiri, el pueblo en el que nací. Mi padre era comerciante, y yo me dedicaba a cultivar la parcela que teníamos. Algunos días, también iba a la escuela. Una noche llegaron soldados. No vestían de uniforme, sino con ropa deportiva. Eran tutsis, como nosotros. El mayor no tendría más de dieciséis años. Entraron en casa y cogieron cuanto quisieron. Después, nos sacaron afuera y le dijeron a mi padre que, si no les daba cien dólares, se nos llevarían a mí y a mi hermana con ellos. Vumilia, la mujer de mi padre, mintió diciendo que no teníamos ese dinero. Mi padre, por algún motivo, calló. Entonces los soldados se enfadaron mucho. Le dieron una paliza a mi padre y se llevaron a Vumilia otra vez hacia la casa. Después lo incendiaron todo, nos metieron a mí y a mi hermana en un camión, y partimos hacia la selva.



Yo tenía doce años, y era alto para mi edad, pero estaba muy asustado. Pensé que iban a matarme, o que me comerían. También temía por mi hermana Gretchen. Nos llevaron a un campamento cerca de Bukavu, en el sur de Kivu. Toda esa zona estaba controlada por las tropas del CNDP, de Laurent Kabila, el general rebelde que trataba de derrocar a Mobutu. Sin embargo, los soldados que nos secuestraron pertenecían a un pequeño grupo que operaba de manera independiente. Los lideraba una mujer con fama de hechicera. Decían que era hija de un leopardo y de un demonio del bosque, que tenía los ojos azules y la piel blanca como el vientre de una serpiente, y que sus dientes eran una hilera de colmillos. Que teñía su pelo con la sangre de los hombres y con el ciclo de las mujeres, y que su cara, surcada por profundas cicatrices, inspiraba terror. Decían que su presencia marchitaba las cosechas y enloquecía a las bestias, y que podía matar a un hombre con solo desearlo. Karabá, se llamaba. Nos condujeron hasta su tienda. Cuando Karabá me vio, dijo que era un muchacho hermoso, y que sería un gran soldado. También dijo que mi hermana sería una mujer hermosa, y que nos tomaría bajo su protección. Me dio un fusil y me invitó a beber un líquido verdoso que me enardeció. Esa noche me dijeron que tenía que matar a un hombre. No era mucho mayor que yo, en realidad; apenas dos o tres años. Lo hice. Le disparé, y después seguí disparando al aire. Nunca he reído más salvajemente que aquella noche.



A mí me enviaron a luchar, y mi hermana se quedó en la casa de Karabá, en lo profundo de la selva. Karabá vivía junto a un grupo selecto de lugartenientes en una antigua fábrica de cacao, de los tiempos de la ocupación belga, que aún se sostenía en pie.



Todos mis compañeros eran niños, como yo. Había alguno que rozaba la mayoría de edad, pero siempre, más tarde o más temprano, eran llamados de nuevo a presencia de Karabá. Se decía que Karabá les sometía a una prueba, y que, si la afrontaban con éxito, se quedaban a vivir con ella en la vieja fábrica. Si no, se los comía. Lo cierto es que ninguno de mis compañeros volvió a aparecer después de ser llamado por ella.



Durante tres años hice cosas que no quiero recordar. Los malos sueños todavía me asaltan incluso estando despierto.



Combatíamos al Ejército regular y a los mai-mai. Fumábamos marihuana, y esnifábamos cocaína mezclada con pólvora. Cada uno tenía un nombre elegido por él. Estaba First Blood, nuestro sargento, un chico de quince años que coleccionaba los penes amputados de sus víctimas. También estaban Firestorm, Come-almas, y Pequeño León. Yo elegí Hombre de piedra, pues eso hice, convertirme en una piedra. Una piedra que nada podía traspasar. Ni el hambre, ni las balas, ni las enfermedades, ni las emociones. Nada. Así sobreviví.



Robábamos cuanto queríamos. Mis compañeros eran mis hermanos, y Karabá era nuestra madre. Éramos niños mandados por niños, mandados por una bruja, e hicimos cosas terribles. Maté a muchas personas. Una vez le corté los dos brazos a una mujer embarazada, y después me senté a comer con mis hermanos mientras ella gritaba y se desangraba. Al cabo de un rato dejó de gritar y me acerqué a ella. Le toqué la barriga: El niño, o la niña, aún se movía. Adelanté su muerte con un disparo. Otras veces violábamos a las mujeres, y también a los niños que no querían venir con nosotros. Matábamos a los bebés, que no servían para nada.



Un día yo también fui llamado en presencia de la bruja. Por entonces acababa de cumplir los quince años. Mis compañeros y yo lo habíamos estado celebrando, cantando y emborrachándonos. Un chico muy fuerte, de unos diecisiete o dieciocho años, apareció en nuestro campamento. Dijo que se llamaba Bad news, y que había venido a buscarme. Cogí mis cosas y me adentré con él en la selva. Por él supe que en la casa de Karabá vivían siete muchachos de forma permanente, de los cuales él era el mayor. También supe que en la fábrica había un foso con cocodrilos, y que tenían televisión y ordenadores. Su nombre auténtico era Lucien. Le gustaba el fútbol, y decía que, cuando se acabase la guerra, utilizaría el dinero que Karabá guardaba para él probando fortuna como futbolista en Europa. Aseguraba que era muy bueno. No era un muchacho muy listo.



El recinto de la fábrica era muy grande, casi tanto como mi viejo poblado. Delante del edificio central se desperdigaban varias tiendas de campaña, pertenecientes a la guardia personal de Karabá, y ardían unas cuantas hogueras. A ambos lados de ese mismo edificio, y por detrás, discurría el foso, alimentado por un meandro del río. Al anochecer entraban en él los cocodrilos para comer las sobras de comida que los chicos arrojaban por diversión. Se decía que, por las noches, desde la fábrica, llegaban los gritos de los viejos amos blancos que fueron descuartizados por sus esclavos tiempo atrás; sin embargo, a mí me parecía un lugar maravilloso donde vivir. Los chicos fumaban, bebían, y jugaban al billar y a las cartas. Había muchas máquinas viejas en la planta de abajo, y sillones, y un viejo helicóptero desvencijado. En la planta de arriba vivía Karabá. Pregunté por mi hermana Gretchen. Me dijeron que había una chica con ese nombre al servicio de la bruja, que cocinaba y limpiaba para ella, y que apenas salía del piso de arriba. Dos jóvenes soldados me escoltaron hasta la habitación de Karabá. Estaba sentada en un trono de piel humana, y del techo colgaban cráneos humanos. A su lado, de rodillas, estaba mi hermana. No pareció reconocerme; ni siquiera cuando la bruja, que sí se acordaba de mí, me llamó por el nombre de mis padres. Karabá cogió mi cara con sus manos afiladas y dijo que me había convertido en un muchacho aún más hermoso, y que el hecho de que siguiese vivo confirmaba que era un gran soldado. Me preguntó si quería quedarme a vivir en la fábrica, y supe que debía decir que sí. Dijo que esa noche me haría llamar de nuevo, y me despidió. Antes de salir miré de nuevo a mi hermana. Seguía sin dar señales de reconocerme. Cuando bajé, pregunté por Bad News, pero no parecía estar por ningún lado.



Llegó la noche, y fui conducido por tercera vez ante Karabá. Ordenó que nos dejasen solos, únicamente mi hermana permaneció en la estancia con nosotros. Entonces Karabá hizo que Gretchen trajese un cuenco con el mismo líquido verdoso que bebí la primera vez que vi a la bruja. Bebí, y de inmediato sentí que mi alma y mi cuerpo se separaban. Después, Karabá tomó mi cabeza y la hundió entre sus pechos. Esa noche, y muchas más en adelante, tuve que fornicar con la bruja para salvar la vida. A veces me elegía a mí, y otras veces a alguno de los demás muchachos. Nadie volvió a ver a Lucien. Unos decían que se había ido a Europa para ser futbolista, otros decían que había enfadado a Karabá, y que esta le había echado a los cocodrilos.

Kadogo (II)


Pasaron los meses, y me convertí en el favorito de Karabá. Llegaron otros muchachos nuevos a la casa, y, conforme llegaban, otros desaparecían. Tan solo yo permanecía, y siempre éramos siete. El líquido verde que Karabá me hacía beber, a la vez que me infundía un gran vigor, mantenía nublados mis sentidos y me impedía pensar. Tampoco me era posible comunicarme con Gretchen. Sin embargo, sabía que ella estaba bien, y que no se la obligaba a dormir con los demás chicos. Karabá decía que tenía planes para ella. Aunque sus ojos habían perdido toda alegría, se había convertido en una joven de notable belleza.


Un día llegó otro muchacho nuevo, fuerte y atractivo. Aunque no fui yo el descartado en su lugar, la bruja empezó a requerir mis favores cada vez con menor frecuencia, y supe que mi tiempo se acababa. Decidí intentar escapar. Pero estaba Gretchen. No podía escapar sin ella. Por otra parte, con ese veneno verde en el cuerpo era imposible pensar en la posibilidad de acometer una fuga. Yo era más inteligente que los demás muchachos, y Karabá lo sabía. Por eso, conmigo tomaba precauciones que no tomaba con otros. Aunque Karabá se ausentaba a menudo para hacer la guerra, me estaba prohibido quedarme solo, y, además, la vida de mi hermana le servía como garantía.


Esa noche, Karabá, como si hubiese leído mis pensamientos, me hizo llamar de nuevo y me tendió la copa con el brebaje verde. Lo tomé, pues no podía hacer otra cosa. Sin embargo, esta vez no me hizo ningún efecto. Comprendí al instante, sin mirarla, que mi hermana había cambiado el brebaje por otro inocuo. Así pues, mi hermana no me había olvidado. Fingí que la bebida me producía el mismo efecto que en ocasiones previas, y forniqué con Karabá. Forniqué consciente y desesperadamente, y fue espantoso, más de cuanto podía imaginar. La bruja chillaba, reía, y hablaba con voces extrañas durante el acto.


Cuando la luz de la mañana entró en la habitación, el terror me mantenía aún despierto. La bruja dormía a mi lado, y pensé en intentar acabar con ella, pero no sabía dónde estaba Gretchen. Entonces, sonaron disparos provenientes del exterior. La bruja se incorporó y, tranquilamente, se vistió con su túnica y cogió dos fusiles de asalto y varios cartuchos de munición. Se acercó a mí y me tendió otra copa con el mismo líquido verde de siempre. Mientras, los disparos arreciaban, y explotaban granadas.

“Ya han llegado. Bebe -me dijo-. Creo que la noche anterior no bebiste lo suficiente”.
No fui valiente, fue el pánico al saberme descubierto lo que me impidió coger la copa.
“Está bien –dijo-, lo tomaré yo”.
Y bebió. Después salió por la puerta con sus armas en las manos. Me vestí apresuradamente y salí de la habitación. Estaba desarmado. Todos estaban asomados a los ventanales o fuera, combatiendo. Karabá, junto al foso, alentaba a sus niños pidiéndoles que matasen por ella. Miré por una grieta en la pared. Nos atacaban los nuestros, los soldados de Kabila. Vi a Gretchen caminando hacia el foso de los cocodrilos, parecía querer saltar. Entonces Karabá se acercó a ella, gritándole que era una niña estúpida, y comprendí que estaba ante mi oportunidad. Corrí entre las balas y embestí a la bruja con todas mis fuerzas. Karabá cayó al foso, y los cocodrilos, sin embargo, no enloquecieron; recibieron a la bruja exactamente como se podría esperar de ellos. Entonces, muerta su líder, el ejército de los niños -lo que quedaba de él- depuso las armas.


Se nos dijo que Kabila había entrado en Kinshasha, y que Mobutu había huido. Días después, el Acuerdo de Paz de Luanda puso fin al conflicto. Un organismo de Unicef nos acogió a Gretchen y a mí y nos trasladó a un centro de rehablilitación en Freetown. Allí me enseñaron a superar el odio. La culpa, sin embargo, me perseguirá por siempre.


Sobreviví, y esa es mi condena. Soy un kadogo, un niño-soldado, y siempre lo seré.

(Discurso pronunciado por Hansel Badjoko ante la Asamblea por la Paz y la Reconciliación de la República Democrática del Congo, Septiembre de 2008).



Kepa Hernando


domingo, 20 de diciembre de 2009

A propósito de Haidar



Supongo que conocen ustedes, por lo menos a grandes rasgos, el cuento del traje nuevo del Emperador. Pues bien; he de decir, aun a riesgo de parecer prepotente, que a menudo tengo la sensación de ser el único en darse cuenta de que el Emperador, en realidad, está desnudo. Y créanme, a veces me gustaría que no fuese así, para poder participar de la algarabía general. Digo esto a propósito del caso de Aminetu Haidar.


Desde el principio tuve la sensación de que, más allá de los hechos aceptados comúnmente, había varios aspectos confusos en este caso. Por eso, antes de decidirme a expresar mi opinión de manera firme, he tratado de recabar información desde diversas fuentes. Ahora, ya puedo ofrecer una opinión meditada, aunque todavía provisional, y me apetece compartirla con todo aquél a quien le interese. Allá va:

Se ha publicado en casi todos los medios que Marruecos negó la entrada a la activista saharaui el 13 de noviembre, cuando se disponía a entrar en El Alaiún procedente de Las Palmas. Y eso es cierto, aunque hay matices de importancia que la mayoría de las personas no han tenido en cuenta. Al parecer, en la ficha de control policial de la aduana, Haidar puso “Sáhara Ocidental”. Para que se hagan a la idea, es como si ustedes, o yo, a la hora de rellenar un formulario de entrada para mi país, o para cualquier otro, decidiera poner “vasco”, o “catalán”. O como si un ciudadano indio escribe “Cachemira”. Lógicamente, se le denegará la entrada, o la salida, según el caso. Eso, repito, les pasaría a ustedes, a mí, a mi padre y a mi abuela, con la diferencia de que a nadie le importaría un comino excepto a nuestros allegados. Pensarán ustedes, quizá, que son casos diferentes, que el conflicto del Sáhara no tiene nada que ver con los mencionados por mí, y es cierto, son casos muy diferentes. Sin embargo, a efectos administrativos no lo son. Al no estar esa nacionalidad oficialmente reconocida por Marruecos, los funcionarios de aduanas marroquíes hicieron aquello a lo que su responsabilidad les obliga; es decir, negar la entrada a esa mujer a menos que acreditase su nacionalidad marroquí. Haidar, habremos de suponer, se negó a reconocerse marroquí como forma de reivindicación y de protesta, gesto que me parece totalmente legítimo, como también lo es que los funcionarios le negasen la entrada. Que hubieran hecho la vista gorda en otras ocasiones, como así fue, no implica que debieran hacerlo en esta. Eso es difícilmente discutible. Sí lo es que, posteriormente, le retirasen su pasaporte y la trasladasen a Lanzarote de manera forzada, lo que supone una expulsión ilegal de libro. Eso nos lleva al papel del Gobierno de España. Se ha reprochado con dureza que el Ministerio de Asuntos exteriores permitiera la entrada de Haidar de manera irregular. ¿Debemos suponer, entonces, que las personas que sostienen esto se hubieran mostrado satisfechas si el Gobierno hubiese impedido la entrada de Haidar en nuestro país, como debería haber sido de acuerdo con la legalidad? No lo creo. Creo que, por el contrario, se le hubiera criticado aún más duramente. El caso es que su traslado forzoso ha llevado a Haidar a denunciar al Gobierno de España por “secuestro” y “malos tratos”, cargos extremadamente graves, aunque con visos de ser ciertos, por lo menos en lo referente al secuestro, entendido como retención contra su voluntad.


El día 16 de novienbre, Haidar inicia una huelga de hambre en el aeropuerto de Lanzarote para que se le permita regresar al Sáhara, y presenta la mencionada denuncia, así como otra contra Marruecos por “expulsión ilegal”. El 18 de Noviembre, dos días después de iniciar su huelga de hambre, Haidar se ampara en su estado de salud para no comparecer ante un juzgado que le había citado por supuesta alteración del orden público. Ignoro cuál sería su estado de salud por aquél entonces, pero su gesto podría interpretarse, además de cómo otra forma de protesta, como un menosprecio hacia las leyes del país que, hasta entonces, la había tratado de manera más que favorable, y de las cuales se había beneficiado en más de una ocasión.


En mi condición de partidario de la desobediencia civil como forma legítima de protesta, no puedo criticarla por ello, pero creo que es un dato elocuente, por cuanto habla de una actitud poco proclive a la colaboración con las autoridades españolas.


Más: El 20 de noviembre, el Ministerio de Asuntos Exteriores propone a Haidar que, en caso de rechazar la propuesta de Marruecos de tramitar un nuevo pasaporte en el consulado marroquí en Canarias, puede solicitar la concsión del estatuto de refugiada, pero la activista rechaza ambas opciones. Es decir, se le ofrece una solución práctica para poder regresar a El Alaiún, pero ella se niega. De nuevo, considero que estaba en su derecho, pero esa versión casa difícilmente con la de que “España y Marruecos la están empujando a la muerte”, como posteriormente sostuvo.


29 de noviembre: Haidar rechaza la propuesta de Exteriores de concederle la ciudadanía española durante la reunión celebrada en el aeropuerto entre el director del gabinete del Ministerio de Asuntos Exteriores, Agustín Santos, y la activista, y que fue interrumpida cuando ésta sufrió un desvanecimiento. O sea, más de lo mismo.


4de diciembre: España fleta un avión medicalizado para trasladar a Haidar a El Aaiún pero Marruecos, que había autorizado el vuelo, impide que la aeronave despegue con una "contraorden".


5 de diciembre: Marruecos vuelve a impedir el regreso de Aminetu Haidar a El Aaiún. La activista se encuentra en el aeropuerto de Lanzarote a la espera de obtener los permisos necesarios que autorizen su regreso efectivo a El Aaiún. Es entonces cuando acusa a España de “ser cómplice de Marruecos” y de “empujarla hasta la muerte”. Tela, ¿no?


Mientras tanto, por toda España, se suceden las manifestaciones en apoyo a la activista y en contra de las políticas de Marruecos y de España; los antimonárquicos exigen la mediación del Rey (ver para creer); gente que no ha movido un dedo para exigir el respeto por los Derechos Humanos por parte de la dictadura castrista, o que, incluso,se declaran partidarios de ella, sale sin empacho a exigir eso mismo en el Sáhara, etc.


Posteriormente llegaría el feliz desenlace que conocemos todos: Haidar gana su pulso al Reino de Marruecos y al Estado Español y consigue regresar a su casa sin haber hecho una sola concesión, gracias al nutrido apoyo popular que su causa recaba. De paso, se convierte en un icono de la lucha por los Derechos Humanos a nivel mundial.


Bueno, bien está lo que bien acaba. Sin embargo, ¿saben una cosa? Me jode que intenten manipularme. Y, sobre todo, me jode cuando los que intentan manipularme son aquellos con los que, en principio, me identifico. Me explico. Se nos han vendido como ciertos unos hechos que no lo son. A saber:

-Que a Haidar se le prohibió la entrada a Marruecos desde un principio. Eso es, como mínimo, relativo. Ella podía haber entrado como marroquí. Sencillamente, no quiso. Luego, sí que es cierto que se le niega la entrada, al mantenerse ella en sus trece.
-Que España la tenía retenida. Falso. De hecho, me parece que, si de algo tenía ganas el Gobierno era de quitarse de encima ese marrón como fuera. Se le han ofrecido varias soluciones, dentro y fuera de la legalidad, para que regresara a su casa, y las ha rechazado todas. No ha querido hacer una sola concesión, y ha preferido mantener hasta el final su pulso con Marruecos y España, aun a riesgo de perder la vida.
-Que España y Marruecos “la están empujando a la muerte”. En fin. Lo de Marruecos, pase, por los precedentes, pero lo de España…

El cuadro de la situación que veo ante mis ojos incluye las siguientes figuras:


-Una mujer tenaz, valiente, inteligente, testaruda y proclive al martirio, con la razón de su parte, pero solo en parte, y que, por otra parte, se muestra extremadamente poco razonable en muchos momentos para buscar una salida satisfactoria al conflicto.
-Un país gobernado por un sistema arcaico, feudal, antidemocrático, intransigente y despótico, a la que la vida de sus súbditos (que no ciudadanos) parece importarle un comino.
-El Gobierno de un país democrático, torpe, confuso, temeroso y voluble, cuyas actuaciones parecen basarse más en la improvisación y el oportunismo que en unas convicciones firmes y sólidas.
-Una masa de personas bienintencionadas, en muchos casos mal informadas, con un sentido crítico unidireccional, que apoya de manera entusiasta y voluntariosa lo que consideran una causa justa, y que asume como dogmas una serie de falsedades y exageraciones que de ningún modo creo que sean inintencionadas.


O, dicho de otro modo, que raramente las cosas son solo blancas o negras. Generalmente, hay matices de gris. Pero, claro, considerar todos esos matices dificulta enormemente el tomar una postura rotunda respecto a determinadas causas, y hay causas en las que la indefinición o la discrepancias no están muy bien vistas.


Todos queremos ser buenos y sentirnos buenos. Yo, el primero. Pero, para mí, la idea de bondad está indisolublemente ligada a la idea de Justicia. Y esta, a la de la Verdad. Así, en mayúscula. Para juzgar correctamente un caso, hay que conocer los hechos. Cuantos más, mejor.


Yo, por mi parte, no puedo dejar de pensar que he asistido, aparte de a la valiente y orgullosa lucha de una mujer por su libertad y sus ideas, al intento (y consecución) de fabricar una mártir, con la necesaria y entusiasta colaboración de una gran cantidad de buenas personas. No debería tener que decirlo, pero, por si alguno lo dudase, apoyo la causa del pueblo saharaui y su lucha por la independencia de Marruecos. Me parece un buen fin. Pero, eso sí, no me vale cualquier medio.


Ahora, juzguen ustedes. Por cierto, lo que quiero decir ya lo dijo John Lennon hace tiempo, con menos y mejores palabras:


Buenas tardes.

jueves, 3 de diciembre de 2009

El anillo de Patricia



Tras un sinfín de fracasos sentimentales previos, Patricia estaba segura de haber encontrado en Jorge al hombre adecuado. Bien parecido, con una holgada situación económica y, sobre todo, aparentemente dispuesto al compromiso. Sin embargo, la madre de Patricia desconfiaba -“Hasta que no haya anillo, hija, nada de nada”, repetía insistentemente -. No tardó Jorge, acuciado por ciertas necesidades viriles, en proponer matrimonio a Patricia, propuesta que ella aceptó con los ojos anegados de lágrimas. Sin embargo Patricia, aunque aceptó el anillo que Jorge le ofrecía, pertenecía a una reputada familia de orfebres cuyas actividades profesionales se remontaban a la Edad Media, e insistió en forjar personalmente los anillos para el enlace.

La boda se celebró la primavera siguiente en la Catedral, con grandes fastos, y a ella acudió lo más granado de la sociedad civil. Durante algún tiempo el matrimonio aportó paz y felicidad a sus dos miembros, sin embargo la rutina no tardó en instalarse en la vida conyugal. Jorge ya no era el galán solícito de los primeros tiempos y Patricia cada vez se mostraba menos complaciente hacia los requerimientos nocturnos de su marido, motivo por el cual Jorge se sintió impulsado a buscar fuera del hogar las atenciones que en casa se le negaban cada vez con mayor frecuencia.

Una noche, hallábase Jorge en un conocido burdel del extrarradio, gozando de los favores de una corpulenta meretriz brasileña, cuando notó que algo tiraba de su dedo anular. Sorprendido, comprendió que se trataba del anillo. Trató de quitárselo, pero el anillo parecía haberse adherido con fiereza a su piel. Los tirones aumentaban de intensidad y lo hacían en dirección a la puerta, hasta el punto que apenas tuvo tiempo de ponerse los calzoncillos antes de salir corriendo con el brazo extendido a través del local, entre las miradas estupefactas de trabajadoras y clientes, hacia la calle. Cuanta más resistencia oponía Jorge, con mayor determinación tiraba de su dedo el anillo, produciéndole tal dolor que pronto Jorge no tuvo más remedio que tratar de seguir el ritmo, cada vez más apremiante, que marcaba el dorado objeto. Pero el anillo avanzaba más y más rápido y tiraba con mayor fuerza a cada momento. Cruzó Jorge calles y plazas a la carrera, con su dedo anular apuntando al infinito, hasta que no pudo más y tropezó, hecho que no detuvo al anillo en su trayectoria. A pesar de sus gritos pidiendo auxilio, nadie fue capaz de reaccionar al paso de ese hombre que se arrastraba por el suelo semidesnudo de forma tan inverosímil.

Patricia estaba con su madre en la cocina cuando vieron aparecer por la gatera de la puerta el anillo, todavía unido al dedo que antes había sido de Jorge.
“No llores, hija, cualquiera puede equivocarse. La próxima vez te saldrá bien, ya lo verás”, dijo la madre mientras abrazaba a Patricia y trataba de aplacar su desconsuelo. Después recogió anillo y dedo, los limpió en el fregadero y los guardó tal cual en el cajón del armario al fondo del desván, junto a todos los demás. “Hombres”, pensó, “quinientos años y aún no han aprendido nada”.

Kepa Hernando

A kind of Magic

El Ministro de Propiedades Mágicas estaba leyendo un informe sobre tréboles mutantes de siete hojas cuando unos golpes apresurados sonaron en su puerta y, acto seguido, su secretario asomó la cabeza preso de una llamativa excitación.
-¿Sí, Rufus? ¿A qué se debe tanta urgencia? ¿Y por qué no ha utilizado su caracola para comunicarse conmigo, como es reglamentario?
-Disculpe, Señor Ministro, pero creo que se trata de algo de suma importancia, y temía que pudiera llegar a oídos indeseados.
-Está bien, pase. ¿De qué se trata?
El secretario tomó asiento y resopló, sin decidirse a hablar.
-Vamos, vamos, suelte ya lo que sea –le apremió el Ministro -, que no tengo todo el día.
-Verá, Señor, es que… ¿Recuerda usted el objeto del que le hablé hace un par de semanas, el que fue encontrado en una cantera de Cornualles?
-Sí, lo recuerdo. Ese que, aparentemente, no parecía tener ningún tipo de propiedad mágica.
-Exacto. Pues nuestros hombres lo han estado investigando día y noche y parece confirmado; el objeto no tiene magia por ninguna parte.
El Ministro miró a su secretario con incredulidad.
-Eso no es posible, Rufus. Algún tipo de propiedad mágica debe tener. ¿Lo han mirado ustedes bien?
-Obviamente, señor; si no, no estaría aquí.
-Pero, vamos a ver, algo debe hacer. No sé. ¿No aumenta de tamaño? ¿No cambia de forma? ¿No atrae a la mala o la buena suerte, al menos?
-Al parecer no, señor.
-¿Y qué hace, entonces?
-Nada, señor.
-¿Cómo que nada?
-Pues eso mismo, señor: nada.
-A ver si lo entiendo: ¿El objeto está ahí y no hace nada?
-Como se lo cuento.
-¿Y han probado a conjurarlo, por si tuviese algún genio dentro? ¿Lo han disuelto, mezclado con otras sustancias, radiado con energía mística…?
-Lo hemos probado todo, señor, absolutamente todo. Hemos agotado el protocolo convencional y el de emergencia, pero no hemos conseguido nada.
-Esto es inaudito. Tienen que haber cometido algún error.
-Es posible, señor, pero yo no apostaría por ello.
-Entonces debo informar de inmediato. ¿Está usted seguro de lo que me cuenta, Rufus? Mire que no me gustaría convertirme luego en el hazmerreír del Consejo de Hechicería.
-Absolutamente, señor. Jamás nos habíamos encontrado con un caso similar a este.
El Ministro profirió una maldición que hizo arder las cortinas de su despacho.
-Sagrado corazón de Merlín, a ver cómo le cuento yo esto al Primer Ministro. Rufus, ¿le importaría acercarme el tintero invisible del estante del fondo?
-Por supuesto, señor.
El Ministro esperó hasta que su secretario se alejó de la puerta; entonces sacó su varita mágica del cajón de su escritorio y lo fulminó con un hechizo desintegrador. Después limpió la estancia de residuos mágicos y orgánicos e invocó a su caracola secreta desde otro plano dimensional. Permaneció unos segundos indeciso frente a ella hasta que finalmente se decidió a utilizarla.
-Plubius, soy yo. ¿Podemos hablar? Con seguridad, quiero decir.
-Claro, Henry, esta línea es segura. De hecho, en realidad ni siquiera existe.
-Bien. Tengo algo que contarte, pero te va a parecer increíble.
-No me lo digas, ya lo sé. Acaban de informarme.
-¿Com…?
-No te preocupes, Henry, no ha sido tu gente, tengo mis propias fuentes de información.
-¿Y qué vamos a hacer, Plubius? Si el pueblo se entera de esto…
-Precisamente, de eso se trata.
-¿Qué quieres decir?
-Que debemos impedir que lo sepan. Si esto llegase a la calle cundiría el pánico. Todo cuanto conocemos, todo en cuanto apoyamos nuestro ancestral sistema de gobierno, cambiaría para siempre. Las personas ya no sabrían en qué creer, no tendrían a qué aferrarse.
-Pero, Plubius, ¿tú crees que tenemos derecho a ocultarlo? Es decir, esto puede cambiar el curso de la Historia, no sé si está en nuestras manos decidir...
-No es discutible, Henry. Debes hacerme caso. Tú asegúrate de que no haya nadie que pueda difundir esa información, no sé si me entiendes.
-¿Me estás pidiendo que…?
-Sí, eso te estoy pidiendo. Es más, te lo estoy ordenando. Yo asumo toda la responsabilidad por si hubiera problemas en el futuro, pero debes hacer cuanto sea necesario. No hay otro remedio. Mientras tanto yo he enviado a alguien a hacerse cargo del objeto, ya deben estar de camino.
-Está bien, Plubius, así lo haré.
-Confía en mí, Henry, sé lo que hago. Después te llamo para coordinar la estrategia. Y no te preocupes, todo está bajo control.
-De acuerdo, Plubius, como tú consideres. Hasta después.
-Hasta después.
El Ministro depositó la caracola en la mesa y se acercó a la ventana. El bosque de fuego ardía precioso aquella tarde. Henry sabía perfectamente la suerte que le aguardaba. A pesar de las arteras palabras del Primer Ministro sabía que no vería un nuevo amanecer, pero tampoco le importaba demasiado en esos momentos. No después de lo que acababa de conocer. Un objeto sin magia. Así que las antiguas leyendas eran verdad.
Tomó una decisión. No tenía mucho tiempo, los hombres de Plubius debían estar al caer. Fue hasta la librería oculta tras la telaraña gigante de la esquina y seleccionó un volumen polvoriento y gastado: Magia Trascendental. Lo abrió casi por el final.
-No, no, no, no… ¡Aquí está!
Leyó con atención, cerró el libro y voló hasta el Departamento de Propiedades Mágicas Primordiales atravesando los pasillos del Ministerio como una exhalación, sin hacer caso a las miradas atónitas de los funcionarios. Cuando los miembros del Cuerpo Estatal de Seguridad llegaron al departamento tuvieron que fundir la puerta de plomo para entrar. Dentro estaba el Ministro, rodeado por los destellos moribundos de un hechizo recién utilizado. Le exterminaron sin mediar palabra, pero no encontraron rastro alguno del objeto que habían venido a buscar.

Muy lejos de allí, al mismo tiempo y en otro plano de la existencia, Rodrigo Badilla, estudiante de Biología, natural de Valparaíso, Chile, miraba a través de la ventana de su terraza y se preguntaba, mientras trataba de superar con la ayuda de un café bien cargado y un alka-seltzer la espantosa resaca con la que amaneció esta mañana tras la fiesta Erasmus de anoche, quién demonios, y con qué extraño propósito, habría podido ensartar a ese gnomo de jardín en la aguja del campanario de enfrente.

Kepa Hernando

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Un buen final



Rosana Alvarado está bloqueada. Ha hablado con su editor y están de acuerdo. No ha sido una conversación agradable, pero era necesaria. Ambos coinciden: hay que cerrar la saga y hay que hacerlo a lo grande. El séptimo volumen tiene que ser el mejor, o si no, al menos no debe defraudar las expectativas de sus lectores. Al principio Luis, su editor, se ha mostrado reacio a matar a Celia, pero al final Rosana ha impuesto su punto de vista. Matar a Celia Portillo es esencial. En primer lugar, la idea de una Inspectora Portillo jubilada, lamiéndose las heridas en su retiro de la Costa del Sol, le parece una abominación. Un personaje como Celia Portillo debe morir de pie, como una valkiria. Si la vida no ha sido capaz de doblarle el espinazo, la muerte tampoco lo hará. No ha enchironado a ese sinnúmero de hijos de puta para acabar babeando frente a la televisión en un asilo de ancianos. Y en segundo lugar, matar a Celia es la única manera de garantizar que al desgraciado de Luis no se le ocurra la infeliz idea de continuar con la saga después de su muerte, aunque eso no se lo ha dicho a él, obviamente. Lo que está claro es que Celia Portillo debe morir. Rosana no tiene mucho tiempo, el cáncer que le diagnosticaron hace cuatro meses avanza inexorablemente por sus tejidos reclamando cuotas de salud a su paso. Todavía puede valerse por sí misma pero eso terminará pronto. Tan solo espera vivir el tiempo suficiente para que Celia pueda morir dignamente. O para que la maten, porque Celia no esperará a que la muerte acuda a su encuentro. No, la muerte va a tener que salir a buscarla. A Celia la habrán de matar. La cuestión es quién, y cómo.


Respecto al quién, tendrá que ser algún personaje ya conocido, pues no hay tiempo de perfilar un nuevo villano de suficiente enjundia. Sin embargo no es fácil decidirse por alguno.


“Podría ser el “Bambino” Heredia”, piensa Rosana. Heredia es un patriarca gitano que se pudre confinado sobre su silla de ruedas en Soto del Real, y cuyo primogénito la palmó en una redada autorizada por Portillo. Sí, pudiera ser que saliera de la cárcel debido a sus problemas de salud, y que, una vez fuera de presidio, orquestase su ansiada venganza contra la inspectora. Aunque Heredia no vale tanto, es un pedazo de mierda que no estaría a la altura como némesis final.


También podría ser Félix Laíño, el magnate de la construcción, a quien solo sus numerosas amistades en el mundo de la judicatura han librado de más de una temporada contemplando el vuelo de las golondrinas tras unos barrotes por cuantos delitos monetarios pueda uno imaginarse. Pero no, asesinar a Portillo sería algo de demasiado mal gusto incluso para un cafre como él.


¿Tal vez Pepe Couso? Fue compañero de Portillo cuando esta era más joven, y llegaron a liarse un par de veces cuando Celia aún esperaba algo de los hombres. Sin embargo Pepe se cargó accidentalmente a un camello durante un trapicheo y, ya puesto, se quedó con un par de kilitos de coca para pasar el invierno. Celia le descubrió y, tras intentar convencerle en vano para que se entregara, terminó por delatarle en una de las decisiones más difíciles de su vida. Desde entonces a Pepe se le aflojaron varios tornillos y se la tiene jurada a Celia. Numerosas denuncias por acoso y diversas órdenes de alejamiento que pueden dar fe de ello. Sí, este final podría ser lo más parecido a la justicia poética.


¿Y el agente Gámez, en un momento dado? Ángel Gámez, su fiel escudero. Hace años Ángel se interpuso entre la inspectora Portillo y el revólver de un proxeneta búlgaro, y desde entonces es el único subordinado al que permite tutearla, aunque siempre en privado, nunca en público. Pero no, sería demasiado retorcido y no habría tiempo de idear una trama coherente para esa posibilidad. Sin embargo Rosana tiene que decidirse, no quiere que algún escritorcillo amateur con ínfulas de ser el nuevo Stieg Larsson se haga de oro inventándole hijos secretos a la Portillo. El personaje de Portillo puede ser lo único que le sobreviva, lo único perdurable de ella que quede en este mundo, y es suya, solo suya.


En cuanto al cómo, al final de Portillo, tiene que ser algo trágico, aunque no forzado. Debe ser algo sencillo pero a la vez complicado. Un final discreto, elegante, un adiós con clase, pero que, en todo caso, estará indefectiblemente ligado a la elección del asesino.


Sin embargo, Rosana siente que de alguna manera matar a Portillo sería traicionarla. Ser su creadora y quitarle la vida podría parecer una idea hasta cierto punto hermosa, pero no lo siente así. Llevan tantos años juntas que ha llegado a considerarla como una especie de amiga cuya presencia fuera imperceptible pero constante. Ha mantenido conversaciones imaginarias con ella, le ha pedido consejo, se han compadecido mutuamente y se han emborrachado juntas en más de una ocasión. No, no va a ser fácil acabar con Celia. “¿Y si hubiera otra manera”, piensa Rosana, “un final que a la vez fuera también un principio?”


Está sentada frente a la pantalla del ordenador, sumergida en esas cavilaciones, cuando suena el teléfono del escritorio, sobresaltándola. Son las dos y media de la madrugada. Suenan otros dos timbrazos antes de que Rosana se decida a responder. Levanta el auricular y escucha. Tan solo escucha, mientras su rostro va adquiriendo una palidez cadavérica. Cuando por fin cuelga permanece un buen rato sentada, pensando. Se levanta y va a su cuarto a ponerse su vestido preferido. Después se dirige a la despensa y elige un buen vino, coge dos copas de cristal y lo dispone todo sobre la mesa baja del salón. También enciende una vela. Esta noche espera una visita importante. Luego regresa a su mesa, abre un documento en blanco y comienza a escribir.

(...)


-Nos han pasado una cosa que huele rara –informó Ángel mientras irrumpía en el despacho de Portillo sin avisar, como siempre - Una señora que la ha palmado en un incendio. Lo raro es que hizo una llamada al 112 tres cuartos de hora antes de comenzar el fuego, pero colgó al par de segundos. Estaba enferma de cáncer, así que podría tratarse de un suicidio a bombo y platillo, pero de todos modos creo que deberíamos investigarlo. Rosana Alvarado, se llamaba.
-¿Como la escritora? –preguntó Portillo sin levantar la vista del informe que está leyendo.
-La escritora, de hecho. ¿Tú la conocías? Yo no había oído hablar de ella.
-De nombre, nada más -respondió Celia con indiferencia.
-Además hay otro detalle extraño –prosiguió Ángel, sentándose en el borde de la mesa -, al hacerle la autopsia le encontraron una colilla de Ducados en el interior de la garganta.
Portillo miró a su colega a través de las gafas de leer y afirmó muy seria:
-Quizá le apetecía sentarse a disfrutar del espectáculo, se puso a fumar en mitad del incendio y se atragantó, hay gente para todo.
-No sé. De todos modos yo alucino. La tía estaba a punto de palmarla de cáncer de pulmón y seguía apretándose sus Ducados. Así vas acabar tú, jefa, como sigas fumando esa misma mierda.
-No te preocupes, cielo, que sé cuidarme solita.
Y sonrió mientras le propinaba una calada al cigarrillo absolutamente desprovista de culpa.