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domingo, 20 de diciembre de 2009

A propósito de Haidar



Supongo que conocen ustedes, por lo menos a grandes rasgos, el cuento del traje nuevo del Emperador. Pues bien; he de decir, aun a riesgo de parecer prepotente, que a menudo tengo la sensación de ser el único en darse cuenta de que el Emperador, en realidad, está desnudo. Y créanme, a veces me gustaría que no fuese así, para poder participar de la algarabía general. Digo esto a propósito del caso de Aminetu Haidar.


Desde el principio tuve la sensación de que, más allá de los hechos aceptados comúnmente, había varios aspectos confusos en este caso. Por eso, antes de decidirme a expresar mi opinión de manera firme, he tratado de recabar información desde diversas fuentes. Ahora, ya puedo ofrecer una opinión meditada, aunque todavía provisional, y me apetece compartirla con todo aquél a quien le interese. Allá va:

Se ha publicado en casi todos los medios que Marruecos negó la entrada a la activista saharaui el 13 de noviembre, cuando se disponía a entrar en El Alaiún procedente de Las Palmas. Y eso es cierto, aunque hay matices de importancia que la mayoría de las personas no han tenido en cuenta. Al parecer, en la ficha de control policial de la aduana, Haidar puso “Sáhara Ocidental”. Para que se hagan a la idea, es como si ustedes, o yo, a la hora de rellenar un formulario de entrada para mi país, o para cualquier otro, decidiera poner “vasco”, o “catalán”. O como si un ciudadano indio escribe “Cachemira”. Lógicamente, se le denegará la entrada, o la salida, según el caso. Eso, repito, les pasaría a ustedes, a mí, a mi padre y a mi abuela, con la diferencia de que a nadie le importaría un comino excepto a nuestros allegados. Pensarán ustedes, quizá, que son casos diferentes, que el conflicto del Sáhara no tiene nada que ver con los mencionados por mí, y es cierto, son casos muy diferentes. Sin embargo, a efectos administrativos no lo son. Al no estar esa nacionalidad oficialmente reconocida por Marruecos, los funcionarios de aduanas marroquíes hicieron aquello a lo que su responsabilidad les obliga; es decir, negar la entrada a esa mujer a menos que acreditase su nacionalidad marroquí. Haidar, habremos de suponer, se negó a reconocerse marroquí como forma de reivindicación y de protesta, gesto que me parece totalmente legítimo, como también lo es que los funcionarios le negasen la entrada. Que hubieran hecho la vista gorda en otras ocasiones, como así fue, no implica que debieran hacerlo en esta. Eso es difícilmente discutible. Sí lo es que, posteriormente, le retirasen su pasaporte y la trasladasen a Lanzarote de manera forzada, lo que supone una expulsión ilegal de libro. Eso nos lleva al papel del Gobierno de España. Se ha reprochado con dureza que el Ministerio de Asuntos exteriores permitiera la entrada de Haidar de manera irregular. ¿Debemos suponer, entonces, que las personas que sostienen esto se hubieran mostrado satisfechas si el Gobierno hubiese impedido la entrada de Haidar en nuestro país, como debería haber sido de acuerdo con la legalidad? No lo creo. Creo que, por el contrario, se le hubiera criticado aún más duramente. El caso es que su traslado forzoso ha llevado a Haidar a denunciar al Gobierno de España por “secuestro” y “malos tratos”, cargos extremadamente graves, aunque con visos de ser ciertos, por lo menos en lo referente al secuestro, entendido como retención contra su voluntad.


El día 16 de novienbre, Haidar inicia una huelga de hambre en el aeropuerto de Lanzarote para que se le permita regresar al Sáhara, y presenta la mencionada denuncia, así como otra contra Marruecos por “expulsión ilegal”. El 18 de Noviembre, dos días después de iniciar su huelga de hambre, Haidar se ampara en su estado de salud para no comparecer ante un juzgado que le había citado por supuesta alteración del orden público. Ignoro cuál sería su estado de salud por aquél entonces, pero su gesto podría interpretarse, además de cómo otra forma de protesta, como un menosprecio hacia las leyes del país que, hasta entonces, la había tratado de manera más que favorable, y de las cuales se había beneficiado en más de una ocasión.


En mi condición de partidario de la desobediencia civil como forma legítima de protesta, no puedo criticarla por ello, pero creo que es un dato elocuente, por cuanto habla de una actitud poco proclive a la colaboración con las autoridades españolas.


Más: El 20 de noviembre, el Ministerio de Asuntos Exteriores propone a Haidar que, en caso de rechazar la propuesta de Marruecos de tramitar un nuevo pasaporte en el consulado marroquí en Canarias, puede solicitar la concsión del estatuto de refugiada, pero la activista rechaza ambas opciones. Es decir, se le ofrece una solución práctica para poder regresar a El Alaiún, pero ella se niega. De nuevo, considero que estaba en su derecho, pero esa versión casa difícilmente con la de que “España y Marruecos la están empujando a la muerte”, como posteriormente sostuvo.


29 de noviembre: Haidar rechaza la propuesta de Exteriores de concederle la ciudadanía española durante la reunión celebrada en el aeropuerto entre el director del gabinete del Ministerio de Asuntos Exteriores, Agustín Santos, y la activista, y que fue interrumpida cuando ésta sufrió un desvanecimiento. O sea, más de lo mismo.


4de diciembre: España fleta un avión medicalizado para trasladar a Haidar a El Aaiún pero Marruecos, que había autorizado el vuelo, impide que la aeronave despegue con una "contraorden".


5 de diciembre: Marruecos vuelve a impedir el regreso de Aminetu Haidar a El Aaiún. La activista se encuentra en el aeropuerto de Lanzarote a la espera de obtener los permisos necesarios que autorizen su regreso efectivo a El Aaiún. Es entonces cuando acusa a España de “ser cómplice de Marruecos” y de “empujarla hasta la muerte”. Tela, ¿no?


Mientras tanto, por toda España, se suceden las manifestaciones en apoyo a la activista y en contra de las políticas de Marruecos y de España; los antimonárquicos exigen la mediación del Rey (ver para creer); gente que no ha movido un dedo para exigir el respeto por los Derechos Humanos por parte de la dictadura castrista, o que, incluso,se declaran partidarios de ella, sale sin empacho a exigir eso mismo en el Sáhara, etc.


Posteriormente llegaría el feliz desenlace que conocemos todos: Haidar gana su pulso al Reino de Marruecos y al Estado Español y consigue regresar a su casa sin haber hecho una sola concesión, gracias al nutrido apoyo popular que su causa recaba. De paso, se convierte en un icono de la lucha por los Derechos Humanos a nivel mundial.


Bueno, bien está lo que bien acaba. Sin embargo, ¿saben una cosa? Me jode que intenten manipularme. Y, sobre todo, me jode cuando los que intentan manipularme son aquellos con los que, en principio, me identifico. Me explico. Se nos han vendido como ciertos unos hechos que no lo son. A saber:

-Que a Haidar se le prohibió la entrada a Marruecos desde un principio. Eso es, como mínimo, relativo. Ella podía haber entrado como marroquí. Sencillamente, no quiso. Luego, sí que es cierto que se le niega la entrada, al mantenerse ella en sus trece.
-Que España la tenía retenida. Falso. De hecho, me parece que, si de algo tenía ganas el Gobierno era de quitarse de encima ese marrón como fuera. Se le han ofrecido varias soluciones, dentro y fuera de la legalidad, para que regresara a su casa, y las ha rechazado todas. No ha querido hacer una sola concesión, y ha preferido mantener hasta el final su pulso con Marruecos y España, aun a riesgo de perder la vida.
-Que España y Marruecos “la están empujando a la muerte”. En fin. Lo de Marruecos, pase, por los precedentes, pero lo de España…

El cuadro de la situación que veo ante mis ojos incluye las siguientes figuras:


-Una mujer tenaz, valiente, inteligente, testaruda y proclive al martirio, con la razón de su parte, pero solo en parte, y que, por otra parte, se muestra extremadamente poco razonable en muchos momentos para buscar una salida satisfactoria al conflicto.
-Un país gobernado por un sistema arcaico, feudal, antidemocrático, intransigente y despótico, a la que la vida de sus súbditos (que no ciudadanos) parece importarle un comino.
-El Gobierno de un país democrático, torpe, confuso, temeroso y voluble, cuyas actuaciones parecen basarse más en la improvisación y el oportunismo que en unas convicciones firmes y sólidas.
-Una masa de personas bienintencionadas, en muchos casos mal informadas, con un sentido crítico unidireccional, que apoya de manera entusiasta y voluntariosa lo que consideran una causa justa, y que asume como dogmas una serie de falsedades y exageraciones que de ningún modo creo que sean inintencionadas.


O, dicho de otro modo, que raramente las cosas son solo blancas o negras. Generalmente, hay matices de gris. Pero, claro, considerar todos esos matices dificulta enormemente el tomar una postura rotunda respecto a determinadas causas, y hay causas en las que la indefinición o la discrepancias no están muy bien vistas.


Todos queremos ser buenos y sentirnos buenos. Yo, el primero. Pero, para mí, la idea de bondad está indisolublemente ligada a la idea de Justicia. Y esta, a la de la Verdad. Así, en mayúscula. Para juzgar correctamente un caso, hay que conocer los hechos. Cuantos más, mejor.


Yo, por mi parte, no puedo dejar de pensar que he asistido, aparte de a la valiente y orgullosa lucha de una mujer por su libertad y sus ideas, al intento (y consecución) de fabricar una mártir, con la necesaria y entusiasta colaboración de una gran cantidad de buenas personas. No debería tener que decirlo, pero, por si alguno lo dudase, apoyo la causa del pueblo saharaui y su lucha por la independencia de Marruecos. Me parece un buen fin. Pero, eso sí, no me vale cualquier medio.


Ahora, juzguen ustedes. Por cierto, lo que quiero decir ya lo dijo John Lennon hace tiempo, con menos y mejores palabras:


Buenas tardes.

martes, 13 de octubre de 2009

Tú no lo harías


Tengo un sentimiento ambivalente hacia la publicidad televisiva. Por un lado me parece un mundo apasionante donde la creatividad campa a sus anchas. Hay anuncios que son auténticas obras de arte, prodigios de sensibilidad, innovación o sentido del humor, una gozada para la vista. Por otro lado, creo que tiene un componente intrínsecamente perverso. A menudo se trata de convencer a la gente de que compre productos que no necesita, de informarle de asuntos que no le interesan y de responder a cuestiones por las que no ha preguntado. Además lo hace de un modo invasivo. Casi nadie se tragaría voluntariamente diez minutos de anuncios a menos que asista a un certamen de publicidad, pero tenemos que comulgar con ello para ver programas de televisión que nos interesan. Y, cada vez con más frecuencia, el mensaje que nos transmiten no guarda relación alguna con aquello que se publicita. Ya no se trata de informarnos de las razones objetivas para comprar este coche en vez de este otro o de qué ingredientes hacen de la nueva versión de un perfume algo diferente a la anterior, sino de llamar nuestra atención y de que asociemos determinada marca a una imagen atractiva. No de convencernos con argumentos, sino de embaucarnos, en definitiva. Eso, cuando no tratan directamente de engañarnos. Por ejemplo cuando una cadena de comida rápida se precia del amor y el cuidado artesanal con el que una serie de trabajadores indolentes y desmotivados confeccionan sus clónicas y paupérrimas hamburguesas, cuando un banco alardea de pensar en nuestro beneficio por encima del suyo o cuando, en el colmo del cinismo, una compañía de telefonía móvil trata de vendernos un contrato leonino como un pasaporte hacia la libertad. “Porque lo importante eres tú”. Ya, y un huevo. ”Pensamos en tí”. Sí, en mis bolsillos, concretamente, y en cómo vaciarlos. O los de las Fuerzas Armadas, esos son muy buenos. Salen soldados saltando en paracaídas, aprendiendo a manejar maquinaria pesada, estudiando o entregando sacos de arroz a sonrientes turbas de africanos hambrientos. Uno espera ver aparecer de un momento a otro a un soldado llevando en sus brazos a un tembloroso cervatillo para salvarlo de las llamas. Pero, vamos a ver. QUE SOIS SOLDADOS, COÑO. En un ejército que se precie de serlo te enseñan a combatir, a matar eficientemente sin cuestionar las órdenes, y lo demás son polladas.


Pero los anuncios que más me joden, con diferencia, son aquellos que se dirigen al teleespectador como si los anunciantes le conocieran de toda la vida. “Porque sabemos lo que quieres”. “Porque tú lo vales”. “La oferta que estabas esperando”. “La casa de tus sueños”, etc.
Afortunadamente, hace muchos meses que la antena de mi casa dejó de funcionar, y no he dado un solo paso para arreglarla, por lo que, generalmente, estoy a salvo de las embestidas publicitarias. Sin embargo soy aficionado al cine y alquilo películas con bastante frecuencia en el videoclub. Pues bien, ahora aparece en casi todos los estrenos un anuncio contra la piratería que me toca especialmente los cojones. En él aparecen una serie de personas cometiendo diversos actos entre lo hijoputa y lo criminal. Por este orden: una tipa con traje ejecutivo fumando en el ascensor junto a una embarazada, con aire chulesco; un conductor que, no solo se salta un paso de cebra estando a punto de llevarse por delante un cochecito de bebé, sino que encima se permite, el muy cabrón, mandar a paseo con un gesto despectivo a los sobrecogidos padres; un tío rayando con una llave el coche de un desconocido; una pareja de adultos de estética burguesa procediendo a derribar contendores de basura a patadas; y, finalmente, a un atribulado inmigrante sudamericano cerrando una lona repleta de cedés piratas ante la presumible llegada de la Policía. Obviando la burda intención de equiparar la gravedad de unos hechos con la de los otros, cabe señalar, curiosamente, que tal como está rodado el anuncio da la impresión –al menos a mí -de que todos esos actos deben ser súper divertidos de realizar. Vamos, que te dan ganas de salir a la calle a romper espejos retrovisores y emprenderla a puntapiés con los cubos de basura. Pero lo realmente indignante viene después. “Tú no lo harías”, dicen. ¿Y vosotros qué carajo sabéis? ¿Acaso me conocéis? Si tuviera que vender cedés piratas en la calle para poder comer caliente esta noche, claro que lo haría. Pero es que, además, ¿vosotros cómo coño sabéis quién soy yo? ¿Quién os dice que no me dedico a atracar bancos a punta de pistola, o a torturar y violar ancianas en sus domicilios? ¿Que me conocéis, decís? Pues os vais a cagar, pedazo de imbéciles. Voy a salir a la calle a liarla parda, hombre. Voy a mear a través de las ranuras de los buzones de Correos, voy a tirarme pedos a mansalva, sonoros y malolientes, en la guagua y a culpar por ello al discapacitado que se siente a mi lado, voy a ir a mofarme del finado a la puerta de los velatorios, sólo por reírme un poco, no pasará monja a mi lado sin verme la picha, voy a robar lo que no está escrito, y, por supuesto, voy a descargarme cuanta música y cine ilegal me venga en gana, a saco. O sea, me voy a descargar la puta colección completa de Steven Seagal solo por joderos. Porque ya me habéis tocado los huevos, hostia. Que yo no lo haría, decís, como si me conocierais de algo… Pues mira por dónde, no, no lo había hecho nunca, pero me habéis dado unas cuantas buenas ideas. Gilipollas.

jueves, 6 de agosto de 2009

La vida pirata

(ché, Gilda, disculpá el latrocino, pero me encantó esa asociación).


“La vida pirata es la vida mejor”, así rezaba la canción, seguro que la recuerdas. ¿Y qué es la vida pirata? Pues la vida pirata, tal como yo la entiendo, es no saber a dónde te llevará el viento mañana. Es sentir el azote del mar en la cara, ponerte voluntariamente a merced de los elementos y las circunstancias, no saber qué tocará hoy, si fruta o carne agusanada, si atracar en una playa paradisíaca o cruzar de nuevo el Cabo de Hornos. La vida pirata es saber que el capitán puede dejar de serlo en cualquier momento. Es el riesgo y la incertidumbre, apostarlo todo a rojo o a negro y que sea lo que Dios o el Diablo dispongan.

Hay personas, creo que la mayoría, a quienes angustia la inseguridad de no saber qué va a ser de su vida, personas a quienes su naturaleza inclina a buscar un trabajo que les garantice seguridad, estabilidad, y continuidad para los años venideros. También hay personas que buscan a su media naranja, a su alma gemela, a esa persona que nunca les abandonará. No es mi caso. A mí me aterraría saber en qué voy a trabajar durante el resto de mi vida. Del mismo modo, me angustiaría saber que voy a pasar el resto de mis días junto a una misma persona. No digo que me resultase insoportable estar toda la vida junto a alguien –cómo saberlo -, ni que no pudiera dedicarme siempre a la misma cosa, mientras aquella me gustase. No, no es eso. Simplemente me aterraría saberlo. Me sentiría condenado, e incluso la felicidad puede ser una condena. Como me dijo una vez un tipo que conocí en Santorini, Grecia, “hasta el paraíso puede ser un infierno cuando te ves obligado a permanecer en él”. No utilizó exactamente estas palabras, pero venía a decir eso. Yo he comprobado que soy de esas personas que se conducen mejor entre la niebla, mi reino es el caos, ahí es donde me siento cómodo y seguro. Ahí es donde lo veo todo claro.
La vida pirata tiene sus riesgos, por supuesto. De hecho el riesgo está siempre ahí, presente. Podrían despedirte mañana, y después qué. Pues ya veremos.
Ella podría dejarte, y te quedarías sólo, o al menos sin ella. Sí, bueno. Antes de entrar hay que dejar salir, ya sabes.
Podrían herirte, podrías herir, podrías perderlo todo. En fin, son gajes del oficio.
Pero si eliges esta vida, si eliges errar, siempre, allá en el horizonte, arderá la llama de una promesa.
Penurias, humillaciones, soledad, posiblemente un cierto peaje físico, abandonos, cuernos, celos, enfermedades de transmisión sexual, soledad (¿lo había mencionado ya?). Habrá todo eso y más, puedes contar con ello. Pero también, y sobre todo, habrá sorpresas, regalos, encuentros, experiencias, recompensas espirituales, momentos que justifican una vida, vidas que justifican una novela. Y sobre todo, habrá el no saber qué habrá, qué rostro te encontrarás tras la esquina, que cielos te saludarán hoy, cómo será el último renglón del capítulo. Se puede resumir así: solo cuando nada es seguro todo es posible.

Hay muchos piratas malos, pero tú, que has leído, sabes que también hay piratas buenos. Piratas bondadosos, piratas con corazón. Piratas que pueden conducirse con modos de caballero, pero que jamás pretenderían ser uno de ellos. Piratas que desempeñan con honestidad su oficio de piratas, piratas consecuentes que no piden clemencia cuando las cosas se tuercen y toca pasar por la quilla. Yo quisiera pensar que soy uno de ellos.
Me gustaría tener cien vidas para vivir de forma diferente cada una de ellas, para ser poeta, músico, astrónomo, futbolista. Me gustaría tener cien vidas para envejecer junto a cada una de las mujeres que he amado (no, no han sido cien, evidentemente, ni se le acerca, pero es que con alguna, incluso, repetiría). Sin embargo, a falta de nuevas evidencias, creo que solo dispongo de una vida. Así que, quizá no vaya a vivir ninguna de esas vidas al fin y al cabo, pero a lo mejor puedo vivir un poquito de cada una.

Momentos que justifican una vida, muchacho: eso tendrás si te enrolas. Yo afirmo haberlos vivido ya. Pero, ¿sabes una cosa, chico? Quiero más. Mi codicia es insaciable.

“Coooon la botella de ron/
coooon la botella de ron….”