lunes, 2 de marzo de 2009

Narrativa (IV) La voz de su amo



No fue un acto premeditado, sino una especie de impulso irracional, el que condujo los pasos de J. hasta la Sociedad Protectora de animales. Siempre le habían gustado los perros, pero hasta ese día no se había planteado seriamente la posibilidad de tener uno. "En realidad voy solo a echar un vistazo, por curiosidad", se dijo. Una vez allí, después de informarle sobre el procedimiento y los trámites para la adopción, le hicieron pasar a un amplio recinto rodeado por una verja donde aguardaban los perros aptos para ser adoptados. Había aproximadamente una veintena de ellos, de los más diversos aspectos y tamaños. Casi todos se acercaron a él en confusa algarabía, tratando de imponerse a los demás para llamar su atención, lamiéndole las manos, dándole empujones con el hocico, frotándose impúdicamente contra sus piernas y haciendo toda clase de cabriolas para destacarse sobre los otros. Algunos permanecían a cierta distancia, limitándose a ladrar y a mover el rabo alegremente, participando de la excitación de los demás. Sin embargo, a través de aquel tumulto de pelos, patas, orejas y dientes, su mirada se posó sobre un enorme perrazo negro que permanecía tumbado en un rincón, ajeno al bullicio. Al mirarle, el perro levantó la cabeza y le miró a su vez, con atención. Mientras se dejaba zarandear y atropellar por el resto de los canes, J. no dejaba de sentir la mirada del gran animal fija en él.
"¿Y ese perro?", preguntó.
"Ah, ese es Thor- dijo el cuidador, un tipo enjuto, canoso y mal afeitado - , la joya de la corona. Es un perro muy especial. Es curioso, generalmente no suele mostrar demasiado interés por ninguna persona."
"Es impresionante."
"Sí que lo es- concedió el cuidador con indisimulado orgullo, como si el perro fuese una creación suya- Es un schnauzer gigante, el más grande que yo haya visto. Lo encontré entre los restos de un accidente de tráfico en la autopista. El dueño murió, pero él sólo tenía algunas magulladuras. Es un animal magnífico."
Realmente, incluso así, tendido en el suelo, el perro tenía un aspecto imponente. Sin embargo J. no sentía ninguna clase de temor hacia él.
"¿Puedo verlo de cerca?", dijo.
"Claro, es un perro muy tranquilo. Lo que pasa es que no hace demasiado caso a la gente. El único a quien obedece aquí es a mí- dijo el cuidador, sonriendo con vanidad - ¡Thor! ¡Fiuuu...! ¡Thor! ¡Ven aquí!- le llamó, sin éxito- Vaya, parece que hoy está remolón. ¡Thor! ¡Vamos! Thor, ¿qué pasa, hombre?"
"Espere, déjeme a mí"- dijo J.
Esa última frase le salió sola. No pensó en ello hasta más tarde, mientras conducía en dirección a casa, pero cuando llamó a Thor lo hizo con el absoluto convencimiento, con una certeza casi infantil, de que este acudiría. Y así fue. Ante los asombrados ojos del cuidador, cuando pronunció suavemente el nombre del perro, este se levantó con diligencia, acudió mansamente hasta él y puso su enorme y oscura cabezota bajo la mano de J.
"¡Vaya! -dijo el cuidador, confundido y visiblemente contrariado- Me ha dejado usted de piedra. ¿Cómo lo ha hecho?"
"No lo sé. Me ha parecido que estaba esperando a que le llamara."
"Señor- dijo el cuidador, tratando, sin demasiado éxito, de no hacer evidente su decepción-, no sé si habrá elegido usted ya a su perro, pero me parece que su perro ya lo ha elegido a usted."

Así que, una vez terminado todo el papeleo, J. subió a Thor a la parte trasera de su coche y se lo llevó ante la apesadumbrada mirada del cuidador. Se preguntó cómo reaccionaria M. cuando apareciese con semejante animal en casa. Por increíble que pudiera parecer, no había pensado en eso hasta ahora.
"¿Sabes, Thor? Que no te extrañe si esta noche tú y yo tenemos que dormir en el rellano de la escalera."
Podía ver al perro reflejado en el espejo retrovisor, erguido, solemne, mirándole tranquilo con sus dos brillantes e insondables ojos oscuros. J. tuvo la extraña y perturbadora impresión de que el perro estaba escuchando, como si pudiera entender lo que J. le decía. "Qué tontería" - pensó - ", lo que sí parece indudable es que es un perro listo."
De todos modos siguió hablándole, con la intención de que el perro se fuese acostumbrando a su voz.
"Vamos a mi casa, a ver qué te parece. Y a ver que piensa mi novia cuando me presente contigo. Me parece que va a alucinar, pero ya verás, cuando te conozca no va a poner ningún problema, estoy seguro."
El perro permaneció observándole un par de segundos más y luego se echó sobre el asiento trasero, como si se hubiese dado por satisfecho con la explicación.
"Buen perro", dijo J.

M. reaccionó con incredulidad y con cautela, como J. había previsto. Sin embargo, no mostró enfado ni indignación, quizá, pensó J., sobrecogida por la monumental presencia del animal.
"Pero, no sé, igual si fuese un perro más pequeño... esta casa no es muy grande" - alegó M. sin apartar la vista de Thor en casi ningún momento - "... tener aquí este pedazo de bicho, no sé, no lo veo claro."
Por algún motivo a J. le molestó que M. se dirigiese de esa manera a Thor, sin embargo se contuvo prudentemente de exteriorizar ningún tipo de irritación.
"Pero tú míralo, no me digas que no es un animal precioso. Y es súper manso, te lo aseguro. Hagamos una cosa, probemos a ver, ¿vale? Unos días, a ver qué tal va la cosa. Tú no tienes que preocuparte por nada, no te dará ningún trabajo, yo me ocupo de sacarlo a pasear, de darle de comer y de lo que haga falta, y si vemos que al cabo de unos días no estamos a gusto con él lo devolvemos y punto, o se lo damos a otra persona. ¿Sí?"
"Bueno, está bien, por probar... pero como se cague o se mee en casa lo limpias tú, que quede claro."
"No se cagará ni se meará," -respondió J. con un pequeño deje de orgullo -" puedes estar tranquila". Y estaba totalmente convencido de lo que decía.

Thor ni se orinó ni hizo ninguna otra cosa reprobable. Cuando J. no estaba en casa se limitaba a andar de un lado para otro del piso y a seleccionar distintos rincones donde postrarse sin causar demasiadas molestias a M. De vez en cuando se acercaba a ella y se dejaba acariciar pacientemente, pero, al menos eso le parecía a M., con cierta displicencia. Por otra parte había algo en el perro que inducía a M. a mantener cierta distancia con él, más afectiva que física. Le parecía, de algún modo, demasiado inteligente. Parecía adivinar exactamente la manera de comportarse para que M. no tuviera ninguna queja que expresar respecto a él, pero no por simple y pura bondad perruna, sino de una manera sutil y calculada, casi premeditada.
"Son imaginaciones mías, no es más que un perro, por dios. Quizá es por mí"- pensó M. -", quizás mantiene las distancias porque percibe mi aprensión. Trataré de ser más cariñosa con él en adelante."
Cuando J. estaba también en casa el perro seguía mostrando la misma actitud solemne, pero se mostraba bastante más confiado y accesible. Era, además, extraordinariamente obediente con J., parecía entender sin ninguna dificultad aquello que le pedía, incluso algunas órdenes inusitadamente complejas. Un día, ante el asombro de M., J. le pidió a Thor que buscase el mando a distancia de la televisión y éste, inmediatamente, introdujo la cabeza por detrás del sofá y emergió con el aparato entre los dientes.
J. estaba entusiasmado con su perro. "Es increíble" - solía decir -", este perro es increíble. Entiende cualquier cosa que yo le digo. Podría amaestrarlo, ¿sabes? Exhibirlo en la tele y cosas así, pero paso, este es un animal demasiado noble como para convertirlo en una mascota de circo. Tenemos suerte de tenerlo con nosotros."
Le daba largos paseos siempre que podía, por los lugares más variados, incluso se lo llevó alguna vez a casas de amigos, donde Thor se conducía a su modo irreprochable de siempre, y donde todo el mundo se mostraba admirado de las cualidades del perro, de su templanza y su hermosura. También le concedía algunos caprichos, en forma de filetes y golosinas, con los que M. no estaba muy de acuerdo, pero, dado que Thor no parecía dar muestras de volverse antojadizo ni de estar malcriándose en forma alguna, y por otra parte lucía cada día un aspecto más vigoroso y espléndido, poca cosa podía objetar a ellos. Cuando salían a pasear, Thor no mostraba casi ningún interés por sus congéneres caninos, ni siquiera por las hembras. Es más, cuando se acercaban a él mantenía una actitud de tolerante indiferencia, como un cocodrilo que dejase a los pajarillos jugar entre sus fauces. Y, por supuesto, eran pocos los perros que se atrevían a desafiarle, así fuese ladrando desde la distancia. Cuando eso ocurría, Thor sencillamente los ignoraba. En vista de tan cívico y dócil comportamiento, J. fue prescindiendo gradualmente del uso de la correa. Se la ponía en las calles más concurridas, donde hubiese riesgo de ser multado, pero se la quitaba siempre que podía, y Thor correspondía a esa muestra de confianza respondiendo a cada llamada y a cada mandato de J. con la mayor de las diligencias. Tan sólo en una ocasión Thor mostró interés por una hembra, un hermoso ejemplar de dálmata. J. lo percibió al instante y aprovechó un momento en que los dos perros estaban jugando alegremente sin la correa para enfrascar a su dueño en una anodina conversación sobre bienes inmuebles, fingiendo incluso interés por la compra de un local y dándole un número de teléfono falso, todo para conceder a Thor y a su cuadrúpeda acompañante un paréntesis de preciosa intimidad. Al cabo de un rato, cuando el dueño empezaba a impacientarse ante la tardanza de su perra, Thor y la dálmata de mancillada virtud regresaron exultantes y satisfechos tras su rapto de amor furtivo. Durante toda esa tarde Thor se mostró mucho más cariñoso que de costumbre con J., como si le estuviese agradecido por los servicios prestados.
J. era cada día más feliz con Thor. Sentía que les unía un vínculo que les distinguía del resto del mundo. Además, la capacidad de comprensión y de empatía del perro eran, para su asombro, cada día mayores. Empezó a comprobar que ni siquiera tenía que dar las órdenes a Thor en voz alta, bastaba con que pensase en algo para ver que el perro lo comprendía, y sucedía lo mismo a la inversa, era capaz de percibir las intenciones y el estado de ánimo de Thor simplemente a través de su mirada. Sabía que eso era algo inaudito y completamente fuera de lo común. De alguna manera ejercía una especie de control mental, telepático, sobre ese maravilloso animal. Podía haber sacado un enorme provecho de ello, sin duda, no se le escapaban las múltiples posibilidades comerciales que esa prodigiosa habilidad podía ofrecer, pero prefería conservar ese vínculo mágico en secreto, para sí mismo. Era algo entre él y Thor, y nadie más, y quería que siguiese siendo así. Ni siquiera a M. le comentó aquella habilidad extraordinaria, aunque sí compartía con ella su alegría y su satisfacción, con la esperanza de que ella supiera apreciar por sí misma el privilegio que había supuesto la irrupción de Thor en sus vidas.
Sin embargo M. estaba cada día más incómoda. Se sentía desplazada, aunque J. no se comportase con ella de una manera diferente a la habitual, y cuando eso le ocurría se sentía ridícula y humillada por sentir celos de un simple perro. Además había otra cosa, algo que no era capaz de definir con palabras. A pesar de sus muchos esfuerzos por estrechar lazos con Thor, había algo en él que le producía un terrible desasosiego. Sentía que la observaba, sobre todo cuanto J. no estaba en casa, que la estudiaba. No, definitivamente había algo profundamente anormal en ese perro, más allá de su portentosa inteligencia, pero no sabía qué era, y por eso era incapaz de justificar esa aprensión con palabras. Además, cuando trataba, de un modo soterrado, de hacer partícipe a J. de sus inquietudes respecto a Thor, este parecía no darse por aludido, o las achacaba a supersticiones infantiles.
Un día M. no pudo más y estalló. Terminaron discutiendo a gritos en la cocina, bajo la mirada impertérrita de Thor. M. dijo que no soportaba seguir viviendo más tiempo con el perro, y que, lo comprendiese o no, J. debía elegir: o ella o Thor. "No creo que se trate sólo del perro, seguro que este conflicto oculta algo más"- pensó J.- "y sería una estupidez deshacerme de Thor porque sí. El no es la verdadera causa del problema, sea este cual sea." Así que le dijo a M. que hiciese lo que le pareciese mejor, pero que él no pensaba echar a Thor por un capricho arbitrario e injustificado, que no había una razón lógica para hacerlo, que primero sería el perro, y después otra cosa, y luego otra, y que las cosas no se debían hacer de esa manera, y que si M. quería darse un tiempo para reflexionar sobre los verdaderos motivos de su malestar, él no tenía ningún problema en concedérselo.

M. hizo las maletas y se fue al día siguiente, desolada y con los ojos anegados en lágrimas, a casa de sus padres. Ninguno de sus últimos ruegos a J. sirvieron de nada. Durante los días siguientes, J. se sorprendió de lo poco que la echaba de menos. Durante el día, en el trabajo, a veces le asaltaban repentinos raptos de nostalgia, y entonces se preguntaba con cierta angustia si había actuado bien, pero en cuanto llegaba a casa y veía a Thor, cuando este apoyaba su cabezota en el regazo de J., todas sus dudas desaparecían. No, no podía echar a Thor de su vida. Era una estupidez pensarlo siquiera. Mujeres había muchas, pero sólo había un perro como ese. Así que la vida continuó. Los meses pasaban y J. vivía envuelto en una plácida rutina con Thor. Empezó a darle vueltas a la idea de irse a vivir a otro lugar, quizá al campo, a algún sitio donde Thor tuviese espacio para correr y explorar. Era una criatura demasiado grande, demasiado libre, demasiado noble, como para mantenerla encerrada en un piso de 120 metros cuadrados. Eso significaría, claro está, alejarse un poco de su familia y de sus amigos, y quizá tener que cambiar de trabajo, pero, por una parte, cada vez salía menos y veía menos a su gente, y por otra, su trabajo, que antes le apasionaba, cada vez le ofrecía menos alicientes, y empezaba a estar cansado de tener que emplear tanto tiempo de su vida en aquella oficina en vez de estar haciendo las cosas que realmente le apetecía hacer. Así que empezó a dedicar los fines de semana a buscar una casa en las afueras. Finalmente encontraron un chalet en la sierra con un amplio terreno de arbustos y árboles frutales, no demasiado lejos de la ciudad pero tampoco demasiado cerca, con abundantes bosques cercanos para pasear, y, por qué no, incluso cazar juntos. Sí, quizá no sería mala idea tratar de obtener un permiso de armas y comprar una buena escopeta de caza. El chalet no era precisamente barato, pero vendiendo el piso quizá podría permitírselo. En cuanto al trabajo, sería complicado ir y volver todos los días desde la ciudad, pero en realidad hacía mucho tiempo, años, que no se tomaba un tiempo de descanso, a lo mejor no le vendría mal tomarse un añito sabático para restablecer prioridades y decidir qué rumbo dar a su vida. Tenía suficiente dinero ahorrado para permitírselo. No le costó demasiado tiempo tomar la decisión. Se despidió en el trabajo, puso el piso en venta, y en cuanto apareció un comprador y arregló el pertinente papeleo se mudó a su nuevo hogar en el campo. Sí, había tomado la decisión correcta, sin duda. Thor y él pasaban largas jornadas de asueto explorando el campo y los bosques cercanos a la casa. Los viajes a la ciudad eran cada vez menos frecuentes, reduciéndose finalmente a los indispensables. Thor se reveló como un excelente cazador, consiguiendo atrapar liebres, perdices y otros animales de talla pequeña sin más ayuda que su tranco poderoso y sus fauces implacables. Un vecino le comentó a J. que no muy lejos había un coto de caza donde se podían cazar jabalíes e incluso venados, irían allí en cuanto J. consiguiese su licencia de armas. M.hacía tiempo que había dejado de llamar, pero no le importaba. Todo estaba donde tenía que estar, el futuro se presentaba idílico.

Pero un día Thor empezó a no encontrarse bien. Ambos se dieron cuenta al mismo tiempo. Estaban paseando, y Thor respiraba más fuerte que de costumbre. Estaba cansado, y Thor no era un perro que se agotase con facilidad, más bien al contrario. Se miraron y decidieron que lo mejor era volver a casa. Tampoco tenía apetito, lo que era, sí cabe, aún más extraño. Era evidente que el perro necesitaba descansar, así que durante un par de días se quedaron en casa. J. se dedicó a leer y a ver películas, mientras Thor permaneció tumbado la mayor parte del tiempo. Sin embargo su cansancio no remitió, y empezó a dolerle orinar. J., de alguna manera, era capaz de percibir las sensaciones de Thor. Al día siguiente irían al veterinario, seguro que no era nada. Falta de vitaminas o algo así, seguro. En la consulta, el veterinario escucho los síntomas con atención, le realizó una completa exploración que el perro soportó con paciencia franciscana y le hizo una serie de radiografías. En un par de días les llamaría.
Y llamó. Era cáncer. Sería necesario realizar una biopsia y otro tipo de pruebas, pero las radiografías mostraban con claridad un importante tumor en el pulmón izquierdo de Thor, y probablemente ya había hecho metástasis. Sería importante comenzar pronto con el tratamiento, seguramente combinando cirugía y radioterapia, pero, aun así, debía ser consciente de que las esperanzas de recuperación eran pocas, muy pocas, y el procedimiento sería largo, costoso, e implicaría un enorme sufrimiento para el animal. J. colgó el teléfono, miró a Thor, y este comprendió. Ambos comprendieron. J. acababa de obtener su licencia de armas, así que dejó a Thor en casa y se fue a comprar una escopeta de caza. Cuando regresó, llamó a Thor y este le siguió hacia el bosque con paso cansino pero decidido.

Pasaron los días, y J. no conseguía desprenderse del sentimiento de soledad, de desamparo, no conseguía acostumbrarse a la vida sin Thor. Además, había un pensamiento recurrente que le trastornaba hasta el punto de impedirle conciliar el sueño. Tenía que hacer algo, tenía que quitarse esa duda de la cabeza. Condujo hasta la Protectora de Animales de la que sacó a Thor, y una vez allí preguntó por el viejo cuidador. Le dijeron que ya no estaba. Al parecer, en los días siguientes a la marcha de Thor comenzó a comportarse de un modo extraño y progresivamente más nervioso. Decía cosas sin demasiado sentido. Parecía obsesionado con ese perro, decía que no era normal, que no era de este mundo, que había arruinado su vida y cosas más descabelladas aún, hasta que, al cabo de una semana más o menos, dejó el trabajo y se fue para no regresar. J. preguntó si habría algún modo de localizarle. Tenían un teléfono y una dirección, pero no sabían si aún seguirían vigentes. J. dio las gracias y se fue. La dirección le sonaba, conocía esa calle, así que condujo hasta allá. Encontró fácilmente la casa, una pequeña vivienda de sola una planta bastante deteriorada, con un pequeño jardincito en la parte delantera. Estaba en venta. Aunque la casa parecía deshabitada decidió probar suerte y llamó. Al principio no obtuvo respuesta, pero, tras insistir durante un par de minutos, escuchó la inconfundible voz del antiguo cuidador diciendo que ya iba. Abrió tan sólo una rendija en la puerta.
"Ah, es usted - le reconoció al instante -" suponía que vendría algún día. Pase, pase." Y le invitó a entrar.
"Verá" - dijo J. - "necesitaba hablar con usted. Thor ha muerto, ¿sabe?"
"No puedo decir que lo lamente."
"Vaya, pensé que usted le apreciaba."
El viejo le miró con suspicacia, de un modo extraño, burlón. Sonreía.
"Sí, yo también lo pensaba. Bueno, usted dirá..."
"Verá, quizá me tome usted por loco cuando le cuente esto..."
"Pruebe."
El viejo seguía sonriendo maliciosamente.
"Supe hace poco que Thor tenía cancer. Lo supimos los dos, no sé si me entiende."
El viejo entendía.
"Y, cuando el veterinario nos lo dijo, supe inmediatamente qué debía hacer. Es decir, supe lo que Thor quería quería que hiciese. No lo supuse, LO SUPE. Thor me lo dijo, ¿me comprende?"
"Sí, le comprendo."
"Yo no había cogido un arma en mi vida, pero cuando fuimos al bosque no dudé ni por un segundo. Y su mirada, su última mirada..."
"A usted también se lo dijo, ¿verdad? Le dijo: eres libre. Vete, eres libre"- dijo el viejo cuidador con los ojos enrojecidos.
"Sí..."
"Y entonces fue cuando entendió que no era usted quien controlaba a Thor durante todo ese tiempo. Fue sólo entonces cuando entendió quién fue el amo de quién, quién daba las órdenes y quién obedecía. Tan sólo espero que su vida no haya acabado siendo tan irrecuperable como la mía."
J. salió de la casa del viejo en estado de shock. De pronto la ciudad le parecía un páramo vacío habitado por fantasmas. Todo, todo cuanto tenía lo había perdido. Tan sólo le quedaba su casa de campo.
Ah. sí, y su escopeta.

3 comentarios:

spulzeer dijo...

sin palabras...
¡mis más profundas y sentidas felicitaciones, maestro!

hermi dijo...

Guau! dijo Thor, y todo el mundo entendió... eres mi escritor favorito, lo sabes?

Sr. Miyagi dijo...

Gracias, culebra. Tú eres mi musa inconclusa, y mi actriz favorita del mundo mundial, lo sabes.